16 feb 2020

Vamos siendo sinceros: yo sólo creo en la magia de lo cotidiano. Es la única tabla de salvación en el naufragio de cada día. Debo aclarar, tal vez sin necesidad, que hay días en que nada me salva. Anoche, por ejemplo.
Mi cuerpo exigía a gritos una borrachera, la necesidad me hacía revolverme en la cama, ahuyentaba el sueño como quien ahuyenta a escobazos a un perro de la calle que insiste en participar de nuestra cena.
Salí a la calle, extrañamente sentía el frío mordiéndome la carne, pero no temblaba, era tal mi ofuscación que no me dí cuenta que había salido sin abrigo. Nada, salvo la playera oscura con el nombre de una banda de metal impresa en el frente que compré en las pacas del tianguis. Son las más baratas, sirven para toda ocasión, incluso en momentos como éste: un tipo que camina a las once de la noche por una avenida mal iluminada, entre la niebla y el frío.
Entré a la vinatería, recorrí los estantes, uno a uno, buscando. Como un lebrel o un coyote en busca de su presa. Nada parecía llamar mi atención. Te estás haciendo viejo, me dije cuando estaba por terminar la tercera vuelta y el dependiente ya me miraba con desconfianza. Como si a mi edad, con mi pésima condición física pudiera atreverme a hurtar una botella o dos. No me falta valor. El caso es que no alcanzaría a correr más de quince metros fuera de la tienda sin tener que detenerme a tomar un respiro de diez minutos. Nada me convencía. Y es que en asuntos de alcohol uno no puede ser tan dado a la desidia. Se inventan ritos para salvarse de la vorágine que lleva a otros a pasar sus fines de semana en salones improvisados, de pie ante una tribuna y un montón de ojos ávidos por escuchar, con fruición, la desgracia de uno, el terror de abrir una botella y zambullirse sin remedio en sus aguas. No sé qué es peor, el que confiesa públicamente su falta de valor para enfrentarse a sus demonios, o la impúdica y morbosa atención con que el auditorio da cuenta del relato.
Decía que nada terminaba de convencerme. Que no puedo comprar algo que simple y sencillamente no se me antoja oler siquiera. Vaya dilema: quería embriagarme pero nada se me antojaba. Y no estaba dispuesto a abandonar el establecimiento con las manos vacías.
Mientras buscaba por cuarta ocasión en cada anaquel, entre los rones y los tequilas, me ví a mi mismo, más joven, tirado en el patio de mi casa, después de varios días de borrachera. Las miradas inquisitivas de mis padres. En esos días me quedaba la música para aislarme, para disfrutar la resaca. Algún libro. Compartir la cama con alguna chica de la que no me enteraba ni el nombre, o lo olvidaba, que es lo mismo. Las mismas historias que les contaría cualquier otro indigno adorador de Dionisos. No somos tan distintos, la verdad. Todos los borrachos estamos hechos de despojos. Lo mismo que los abstemios. Pero al borracho le importa un carajo lo que de él se diga en las calles o en los lavaderos públicos. Un alcohólico se dedica a lo que mejor sabe hacer: retorcerse de miedo ante el abismo de la sobriedad, destapar la siguiente botella, servir otra copa, irrigar el cuerpo con el calor de un buen trago. O de uno malo, a veces eso sale sobrando.
Recordé que en casa guardo una botella de ron para las emergencias. Así que salí a la calle. Se podría decir que derrotado. Se podría decir que indemne. Arrastré los pasos de vuelta a casa. Mientras atravesaba la avenida -no es recomendable usar puentes peatonales en este estado de indefensión-, un coche arrolló un perro. La pobre bestia se quedó gimiendo por unos segundos antes de dejar de respirar. Sus entrañas quedaron regadas sobre el asfalto. Entonces caí en la cuenta de que el atropellado pude ser yo, y dí gracias a la casualidad por ese perro. Me despedí de él, y le deseé, que si existiera, alcanzara sitio en el cielo de los canes.
Al llegar a casa me dí cuenta que había olvidado las llaves. Hay días en que el naufragio es total, como les decía. Así que volví a hacer el camino hasta la tienda, compré algunas cervezas y me fui a beber al parque. Cuando los policías llegaron, apenas había destapado la segunda lata. Como buenos vecinos, compartimos las que quedaban, y luego me llevaron a prisión por escandalizar en la vía pública.

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