Vamos siendo sinceros: yo sólo creo en la magia de lo cotidiano. Es la
única tabla de salvación en el naufragio de cada día. Debo aclarar, tal
vez sin necesidad, que hay días en que nada me salva. Anoche, por
ejemplo.
Mi cuerpo exigía a gritos una borrachera, la necesidad me
hacía revolverme en la cama, ahuyentaba el sueño como quien ahuyenta a
escobazos a un perro de la calle que insiste en participar de nuestra
cena.
Salí a la calle, extrañamente sentía el frío mordiéndome la
carne, pero no temblaba, era tal mi ofuscación que no me dí cuenta que
había salido sin abrigo. Nada, salvo la playera oscura con el nombre de
una banda de metal impresa en el frente que compré en las pacas del
tianguis. Son las más baratas, sirven para toda ocasión, incluso en
momentos como éste: un tipo que camina a las once de la noche por una
avenida mal iluminada, entre la niebla y el frío.
Entré a la
vinatería, recorrí los estantes, uno a uno, buscando. Como un lebrel o
un coyote en busca de su presa. Nada parecía llamar mi atención. Te
estás haciendo viejo, me dije cuando estaba por terminar la tercera
vuelta y el dependiente ya me miraba con desconfianza. Como si a mi
edad, con mi pésima condición física pudiera atreverme a hurtar una
botella o dos. No me falta valor. El caso es que no alcanzaría a correr
más de quince metros fuera de la tienda sin tener que detenerme a tomar
un respiro de diez minutos. Nada me convencía. Y es que en asuntos de
alcohol uno no puede ser tan dado a la desidia. Se inventan ritos para
salvarse de la vorágine que lleva a otros a pasar sus fines de semana en
salones improvisados, de pie ante una tribuna y un montón de ojos
ávidos por escuchar, con fruición, la desgracia de uno, el terror de
abrir una botella y zambullirse sin remedio en sus aguas. No sé qué es
peor, el que confiesa públicamente su falta de valor para enfrentarse a
sus demonios, o la impúdica y morbosa atención con que el auditorio da
cuenta del relato.
Decía que nada terminaba de convencerme. Que no
puedo comprar algo que simple y sencillamente no se me antoja oler
siquiera. Vaya dilema: quería embriagarme pero nada se me antojaba. Y no
estaba dispuesto a abandonar el establecimiento con las manos vacías.
Mientras buscaba por cuarta ocasión en cada anaquel, entre los rones y
los tequilas, me ví a mi mismo, más joven, tirado en el patio de mi
casa, después de varios días de borrachera. Las miradas inquisitivas de
mis padres. En esos días me quedaba la música para aislarme, para
disfrutar la resaca. Algún libro. Compartir la cama con alguna chica de
la que no me enteraba ni el nombre, o lo olvidaba, que es lo mismo. Las
mismas historias que les contaría cualquier otro indigno adorador de
Dionisos. No somos tan distintos, la verdad. Todos los borrachos estamos
hechos de despojos. Lo mismo que los abstemios. Pero al borracho le
importa un carajo lo que de él se diga en las calles o en los lavaderos
públicos. Un alcohólico se dedica a lo que mejor sabe hacer: retorcerse
de miedo ante el abismo de la sobriedad, destapar la siguiente botella,
servir otra copa, irrigar el cuerpo con el calor de un buen trago. O de
uno malo, a veces eso sale sobrando.
Recordé que en casa guardo una
botella de ron para las emergencias. Así que salí a la calle. Se podría
decir que derrotado. Se podría decir que indemne. Arrastré los pasos de
vuelta a casa. Mientras atravesaba la avenida -no es recomendable usar
puentes peatonales en este estado de indefensión-, un coche arrolló un
perro. La pobre bestia se quedó gimiendo por unos segundos antes de
dejar de respirar. Sus entrañas quedaron regadas sobre el asfalto.
Entonces caí en la cuenta de que el atropellado pude ser yo, y dí
gracias a la casualidad por ese perro. Me despedí de él, y le deseé, que
si existiera, alcanzara sitio en el cielo de los canes.
Al llegar a
casa me dí cuenta que había olvidado las llaves. Hay días en que el
naufragio es total, como les decía. Así que volví a hacer el camino
hasta la tienda, compré algunas cervezas y me fui a beber al parque.
Cuando los policías llegaron, apenas había destapado la segunda lata.
Como buenos vecinos, compartimos las que quedaban, y luego me llevaron a
prisión por escandalizar en la vía pública.
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