28 feb 2020

Me despierto, pongo la voluntad en la calle,
rompo los espejos, me hago trizas el pañuelo
para bailar chilenas, olvido el naufragio en una esquina,
me arranco tiras de piel, pero resulta, después de todo,
que soy un monstruo, que he escupido mi flema
en el cuenco de lo sagrado, que marqué, bestia,
los intocables árboles de la virtud, con mi orina;
que, no conforme, lamí el coño de una vestal, lúbrico,
montaraz, lobuno, que nada queda para mí, ni las migas
del pan amargo de la duda, ni el ofuscado vino de venganza;
nada queda para nadie, ni esta tierra, ni el torvo canto fúnebre,
ni el más sencillo crepitar del fuego para apaciguar el miedo

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