Acepto que envejezco, que muero,
paso a paso, de a poco, en verdad,
inexorable, definitivamente;
pero eso importa poco, apenas
lo necesario para estar al tanto
de lo que susurra en mi oído,
sigiloso, el miedo, que dice,
como quien no quiere la cosa,
como un amigo preocupado,
que las cosas perdidas en el fuego
no han de regresar, que la garra
debe sostener sin soltarlo lo querido,
que no hay otro modo de salvarse,
entonces, suelto las cosas, las personas,
muerdo hasta sangrar mi presa, abro,
furioso, mi ala rota, y emprendo el vuelo,
o la caída, me marcho, rompo cada espejo
que pueda contenerme o recordar mis pasos.
Confieso que me consumo, que me ruge
la impaciencia en el pecho, y así, feral
y hambrienta, desaliñada, la acaricio,
la procuro aunque me muerda,
aunque su garra me dibuje, hábil,
nuevas arrugas o cicatrices, da lo mismo,
en el lienzo de la espalda;
y es hora entonces de edificar la casa,
dejarla al cuidado de los vendavales,
me digo, de enterrar a los muertos,
cargar con el desamparo, de nueva cuenta,
saltar al despeñadero, aunque él, el miedo,
aterrorizado, me llame por mi nombre,
me ofrezca la virtud, ese fruto amargo,
y grite, y prometa el cielo, la cordura,
esas cosas terribles que no entiendo,
que suenan a herida en el costado,
a lanza de Longinos, a espinosa corona,
a luminosa ruina para el hombre
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