Atado a ochenta estacas de desidia,
de pies y manos, rehén de mí, arrinconado,
amordazado de los ojos que al llamarte
impregnan el aire de tu aroma de sándalo
y comerciales, multiplicentes frutas,
vendado de la lengua, no me queda para mirar
sino el recuerdo, el viaje introspectivo
en que tu sonrisa aparece siempre para iluminar
la esfera simplona del universo,
ese viaje en que descubrí, a solas, la aromática
esencia del linaloe, el palpitar profundo de la tierra;
pero estaba solo, desordenado y feliz porque ignoraba
el timbre de tu voz, que al llamarme, salpicaba
con su aroma de cacao las paredes del deseo,
y ahora, atado con cien lazos de abúlica sonrisa,
me hundo y no me hundo en un agua clara
aunque no límpida, envenenada acaso por mi mismo,
me duelo y no me duelo de no verte, de no tener
dónde llamarte, de estar, ocioso, embrutecido,
afilando la navaja con mi carne o con mi hueso,
y al crujir de mi esqueleto vea como se desvanece
todo olor de tu madera, todo bálsamo de tu labio
huyendo como un gato por los entresijos de la casa,
y no tener, poco a poco, ya ni este viaje de la entraña
o del recuerdo, la bitácora lingual donde grabé con fuego
la noche en que robé tu beso, piedra filosofal de mi tristeza
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