Hablo con la lengua de fuera: perro, hablo.
Se me eriza en la nuca el beso del invierno,
aletea mi pena izquierda, paloma negra, sobre el tejado,
y yo aquí, tirado sobre el cuerpo de mi cuerpo,
en la grotesca placidez de este bulto que otrora me
perteneció,
en este atento rapiñar del beso,
en este renquear de hambre, en el despeñadero matutino,
en este muro que se rompe, que deja caer sus bloques de granito
sobre el lomo anhelante del sosiego
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