28 feb 2020
que en su trajinar por las ciudades se olvidó de buscar el naufragio
porque debo decir que se me torció la lengua una mañana,
que mi voz llegó incompleta, desgarrada, a su destino,
como una carta que se fue quedando bajo la lluvia,
resquebrajada en sus dobleces al secarse, estrujada
contra el pecho del abandono, deslavada, ya imprecisa;
que mi voz se fue mellando como el filo de un hacha
o un cuchillo de carnicero repetidas veces tropezado
con la piedra vertebral de su cadáver, con el cráneo
empequeñecido en el aceite, y así, romo, estropeado
en la acerada mordedura, fui sacando la lengua
para nombrar el fuego, para ahuyentar al fantasma
en el reflejo; que se me dislocó la lengua en el aullido,
cuando llamé a su sombra y no encontré a mi padre,
y ahora que le busco, no hay piedra, ni rincón, ni templo
que lo asile, pues se ha desvanecido su fantasma,
y estoy aquí, de pie aunque esguinzado en la lira vocal,
que apenas balbuceo se resquebraja este papel humedecido
bajo la lluvia, esta carta donde nadie me nombra su heredero,
y se corre la tinta, y se desgaja en sus dobleces,
y se mella el filo de la palabra que guardo como una fruta
largo tiempo madurada en el maxilar, que ya supura,
y no hay aullido, ni crepitar de los molares, ni suplicio,
ni ofrenda para el hambre del fantasma
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