17 feb 2020

Él piensa en el poema definitivo. Largas noches e incontables días le ha robado al sosiego para encontrarlo. A ratos parece hallarlo, pero una palabra falta, un concepto que sabe es incapaz de plasmar en el papel. Cansado, exhausto, apenas con un mínimo, agónico entusiasmo, realiza el descubrimiento.
El poema se titula, o comienza, qué más da: 'el terror comienza cuando, torpe, sueltas su mano y ella cae a la fauce de los lobos'. Uno se pregunta cuál es la siguiente línea, pues ya la curiosidad ha abierto su fauce sobre el ánimo, pero no encuentra nada. No hay más, ni un verso, una coma, que dé fé de la continuidad del poema. Cuando le han preguntado, responde, eso es todo, ¿acaso no basta para intuir el dulce ensueño previo al verso, y el pánico indescriptible que lo secunda?
Nadie responde, teme parecer estúpido ante una aseveración de tal calado, la más dura de las cabezas trata de imaginar la dulzura predecesora, el terror póstumo, que se es el que suelta, y sufre la caída, que ve horrorizado cómo se tiñe de carmín la fauce de los incontables lobos.

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