Él piensa en el poema definitivo. Largas noches e incontables días le ha
robado al sosiego para encontrarlo. A ratos parece hallarlo, pero una
palabra falta, un concepto que sabe es incapaz de plasmar en el papel.
Cansado, exhausto, apenas con un mínimo, agónico entusiasmo, realiza el
descubrimiento.
El poema se titula, o comienza, qué más da: 'el
terror comienza cuando, torpe, sueltas su mano y ella cae a la fauce de
los lobos'. Uno se pregunta cuál es la siguiente línea, pues
ya la curiosidad ha abierto su fauce sobre el ánimo, pero no encuentra
nada. No hay más, ni un verso, una coma, que dé fé de la continuidad del
poema. Cuando le han preguntado, responde, eso es todo, ¿acaso no basta
para intuir el dulce ensueño previo al verso, y el pánico
indescriptible que lo secunda?
Nadie responde, teme parecer
estúpido ante una aseveración de tal calado, la más dura de las cabezas
trata de imaginar la dulzura predecesora, el terror póstumo, que se es
el que suelta, y sufre la caída, que ve horrorizado cómo se tiñe de
carmín la fauce de los incontables lobos.
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