Te deseaba incontables noches antes a la colisión de nuestros labios.
Recuerdas? El pretexto de buscar un ciber café a las nueve de la noche,
llegar a una plaza, el mar siempre mirándonos desde la izquierda -su
mirar serio desde la derecha, cuando volvimos, extraviados,a buscar el
hotel donde nos hospedábamos con la jauría. Luego tu mano al tomar mi
mano mientras rodábamos cuesta abajo -rodar es una exageración,
bajábamos- por unas escaleras eléctricas. No hubo palabras, sólo
un par de manos entrelazadas, en un porfiado aunque luminoso silencio.
¿Y el puerto, su marea sin tempestad, las esculturas que daban cuenta de
los hombres y mujeres que deambulaban en torno suyo?
Desesperados,
descendimos del microbús que a cada momento se internaba más en la
ciudad y se alejaba del puerto que apenas conocíamos. ¿Recuerdas? Un par
de tardes antes casi nos inundamos en un salón de usos múltiples.
Pasamos buena parte de la noche sacando el agua que insistia en colarse
por las inexistentes paredes, apenas escuetos muros que no rebasaban el
metro y medio. Cuando volví a buscarte, ya sentía el punzón en el bajo
vientre, pero no alcancé a llamarte. Comenzaba la madrugada y todos
estábamos exhaustos.
A la mañana siguiente desayunamos. Mi absurda
vocación de improvisado fotógrafo me llevó a capturar la carretera que
atravesaba la pequeña comunidad cacahuatera y que sin saberlo en ese
momento, volvería a cruzar durante mucho tiempo algunos años más tarde.
También te fotografié mientras nos columpiábamos en la pequeña hamaca.
Luego salimos a caminar, a hacer reportes de un trabajo de campo que
nunca supimos qué nos enseñó. Y en un huerto arranqué unas matas de
cacahuate de la que tú cogiste un par de semillas para usarlas como
aretes. Aún guardo, aunque no sé dónde, la fotografía que te hice en esa
playa solitaria. Tu blusa oscura, la arena, el mar, tu mano recogiendo
el pelo para hacer notar el detalle del día anterior.
¿Te acuerdas,
la misma noche que llegamos al puerto caminé kilómetros para
alcanzarte, para huir de una absurda borrachera, sólo para llegar a
contarte historias que ahuyentaran tu miedo a la oscuridad, recuerdas? A
oscuras toqué por primera vez tu rostro y luego, cuando volvieron tus
amigas, salí a la azotea a admirar el amanecer.
Bajamos del
microbús, ¿recuerdas? Luego, en el taxi, nos besamos. Amanecimos
abrazados, pero nada más pasó entre nosotros. Por la mañana nos
asaltaron en una playa cercana al acuario y el autobús estuvo a punto de
dejarnos abandonados. Volvimos abrazados. ¿Recuerdas las fotografías
tomadas al pie de las esculturas, en las barcazas que parecían olvidadas
a merced de las olas, en la playa?
Dos días después del regreso, nos vimos al pie de un puente peatonal, llovía y sólo alcancé a abrazarte mientras me besabas.
Ahí comenzó la belleza, lo terrible
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