17 feb 2020

Siempre recordaré tu rostro,
tu calmada voz de muchacha fuerte,
la tarde que corría como un ladrón
desesperado, por las calles de esa ciudad
donde nos encontramos, tal vez para siempre,
tal vez, como un par de líneas
que se encuentran después de mucho
sólo para tocarse, y luego, irremediablemente,
separarse para siempre, o peor aún,
como dos parábolas que se acercan,
que milimétricamente se acercan,
pero no se tocan, aunque parezca,
a la distancia, que su toque es inevitable,
y entonces, el desconsuelo, de no saber,
del desencuentro dado antes, mucho antes
de encontrarse, colisión planetaria
que jamás sucede, pero seduce.

Por eso digo que siempre guardaré tu rostro
como quien guarda la fotografía
del primer atardecer en la montaña,
o la última imagen del desierto,
con el celo del que guarda un tesoro
nunca abierto, el agua de una eterna
aunque perdida juventud, y sabe
que el espejismo es cosa real, presente,
y aunque se aferre, tu rostro se irá difuminando,
como esta tarde que se instala,
o, para ser más exactos, de esta noche
que se acerca, del amanecer que ya corre
hacia nosotros, para rompernos,
ola que besa la arena que encalla sirenas

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