Hoy no he escrito nada, es como si tuviera
atadas las manos, incapaces de tender la trampa
de una palabra o un balbuceo para invocar
el nombre de la mujer que no sé si amo
pero que en el arco de la sonrisa tiene la flecha
que es capaz de atravesar, sin apagarlo, el fuego
de mi carne; y por eso me revuelvo, incapaz
de vuelo, en viva carne, abierto como la canal
de un animal doméstico, muy cerca de la brasa.
Uno ignora, bestia feral, los protocolos del amor,
esa fórmula para enmielar el beso amargo de la vida,
para amortiguar el duro golpe de descubrir
la innoble vocación de mecánico artefacto,
de preciso mecanismo, artificio de repeticiones,
y desconfía, y mueve el rabo, y aúlla, discreto,
hacia la luna, que no ve, pero que intuye con toda
su hechicería, pero roca al fin, que cae aunque
no lo parezca porque caemos también nosotros,
y, decía, que de pronto algo se remueve en la entraña,
un extraño espasmo levanta pese al óxido la articulación,
y uno ya no se pertenece, barre la casa, sacude el polvo,
se inventa las excusas para salir a la calle, gritar
que no se ha escrito nada, que pareciera que las manos
están atadas, pero se invoca un nombre de mujer,
y hay una hoguera en la noche de la sombra propia
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