17 feb 2020
Dvd's y gorriones heridos.
Pienso en ti. Te llamo. Pienso en ti como si te llamara. Te llamo como si pensara en ti. Como si una flama acariciara el interior de mi pecho.
Me canso de repetir las viejas frases con que nombro tu ausencia, este vagar por la noche sin tu carne. Tomo tu mano. Tu mano me toma. Como un cáliz en cuyo vientre se agita el vino de la resurrección. Tu mano acaricia mi espalda. Mi espalda es un cachorro que se deja acariciar, no sin recelo.
Somos tú y yo, desolados y luminosos en el centro de la multitud, tendiendo las manos como puentes levadizos. Tú y yo, en una casa tan pequeña como el mundo, mirando en la misma dirección: el cambiante paisaje en la mirada del otro, ansiosos de abrevar en el oasis que los ojos del otro prometen sin palabras.
Tu sueño me deja observarte, quieta al fin, mar en calma. Mis ojos vigilan tu sueño pero no entran en él.
Debo decir que pienso en ti. Que en estos días a la orilla del mundo, sueles ser la primera imagen del alba. Que miro al vacío, y al cerrar los ojos, vuelvo a imaginarte: dormida bocabajo, tigresa que descansa, y sé que no puedo sino apreciar el esplendor de tu trasero desnudo en la cama. Que debo besar el nacimiento de tu espalda, volver a nacer entre tus piernas. Entonces levanto mi copa, bebo a tu salud. Vuelvo a aceptar que te echo en falta. Que te llamo como si fuera lo último que quisiera hacer en este preciso instante. Verte, hundirme como un barco en tu saliva.
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