16 feb 2020

Cuando abrí los ojos, estaba en su centro
pero ignoraba lo que era una tormenta.
Todo en mí se ensortijaba, todo ardía:
para mí la novedad es el incendio, la derrota,
todo lo oscuro y lo grisáceo que se oculta
en la carne del crepúsculo, lo torvo
y melancólico, lo que se guarda en el decadente
maxilar del día, en el anegado subterfugio
de estar vivo, en cada uno de los hilos
que llevan a la locura; allí encontré
la belleza, la ensordecida paz, el terrible
aliento de la perfección soplando a mi oído,
como un lobo hambriento, como si fuera
a hender mi lengua con su rabia,
y desde entonces, desde siempre,
me arrulla la tormenta, y todo en mí
se mesa los cabellos, todo arde
y besa el candor de la ceniza

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