me pongo en pie, tropiezo en el caos
de los seis metros cuadrados
que encierran mi jaula o habitación,
tanteo en la oscuridad: alguien se llevó
la luz una mañana, no supe cuándo
porque había sol, y ahora un abrazo
de niebla y de llovizna lo envuelve todo;
soy incapaz de ordenar mi celda:
apenas ordeno los libros, me agobian
las botellas, la ropa sucia, los papelillos
donde anoto sin cansancio un nombre
de mujer, algunos versos, el ácido reclamo
a lo que me dio el hálito de ineluctable vida;
encerrado como fiera mansa me revuelvo,
rasco mis heridas, dejo crecer el moho
en la costura de mis zapatos, en la navaja,
toco pero con inconfesable temor el polvo
que cayó de mi cuerpo por la noche,
con el espanto de quien toca por primera vez
a un muerto, fascinado y al borde de la lágrima;
acaso esta inmovilidad del paisaje, de las horas,
sea un sueño parecido a estar montado
en la cama de la muerte, tal vez me duela
por el ansia irrefrenable de estar tendido
en ese lecho, o porque me excita su mordisco
de tierna amante sobre mi hombro;
y acaso esta inmovilidad de los colores, este
perpetuo gris que todo lo maquilla,
que todo lo congela, para el que no hay puerta,
me esté sirviendo para dormir en tierra,
amar la brasa, el músculo entumido que entre
el lodo palpita, se revuelve, ansioso, resignado casi,
suelto, como si estuviera ebrio, pero resignado
a la supervivencia, a que amanezca
y vuelva el sol, la jauría de uno mismo,
la insalvable hidrofobia, el barro que se quiebra
a sí mismo, enfurecido, rabioso
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