que el día llega con su ofrenda
de ciruelos y naranjos en flor,
que el invierno muerde, pero con delicadeza,
mi carne por la calle, que me faltan
las horas para aspirar el aire del delirio.
Debo decir, en pocas palabras,
que me busco la herida, y no la hallo,
y siento como si me faltara un hijo
en el desvelo, como si mi mano estuviera
inexplicablemente jovial y vacía,
que rebusco en el trasterío del alma,
si es que esa intangible cosa existe,
si acaso es siquiera posible imaginar
una cosa ambigua, inasible, pura;
Y entonces me encuentro diciendo
que de nuevo encontré el invierno,
y me alegro, y me sorprendo a mí mismo,
y me recrimino por esta calma,
este sonreír a todas horas,
alelado, soso, de estar, descoyuntado, vivo
que me busco la herida, y no la hallo,
y siento como si me faltara un hijo
en el desvelo, como si mi mano estuviera
inexplicablemente jovial y vacía,
que rebusco en el trasterío del alma,
si es que esa intangible cosa existe,
si acaso es siquiera posible imaginar
una cosa ambigua, inasible, pura;
Y entonces me encuentro diciendo
que de nuevo encontré el invierno,
y me alegro, y me sorprendo a mí mismo,
y me recrimino por esta calma,
este sonreír a todas horas,
alelado, soso, de estar, descoyuntado, vivo
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