17 feb 2020

Cómo negar que he amado la noche,
cada oscura reverberación suya
cada insospechada esquina atestada de torvos asesinos,
cómo negar sin dilaciones
la abrupta llaga en el erial del cuerpo
si a cada paso, a cada renquear de su esqueleto
es patente y visible que supura,
que cada gozne óseo ya chirría
al más leve movimiento, que la casa
ha gemido hace siglos sin que nadie,
ni el más nervioso de sus habitantes
parezca darse cuenta, que se hunde
con la pudrición de sus maderos,
absorta en su juego de espejos;
que esta casa que es mi enredijo
de caudalosa vena y brutal arteria
gime hace rato ya como si de un herido
animal se tratara, cual atropellado
ladrido sobre la acera, ¿no los ha visto aún?

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