17 feb 2020

Las nubes de la ciudad que deshabitamos

Dejamos que la casa se fuera quedando sola, deshabitada. Algunas tardes, volvíamos a habitar sus rincones, pero ya no para saciar el desenfrenado deseo a dos cuerpos, entrelazados, sudorosos. Dudábamos entre volver definitivamente a habitar ese cuartucho al borde del abismo, o saquearlo de una vez por todas, así nos llevara una eternidad. Un puente nos separaba del mundo, el mismo que nos separaba al principio de nosotros mismos, el mismo puente donde abordé el colectivo que tú no quisiste abordar. Incluso en esos días, conseguía hacerte sonreír, provocar la hendidura en tus mejillas, ver tus holluelos y pensar en ellos como un sitio donde guarecerse de las tormentas. Cada cosa se fue desplazando del sitio que le habíamos asignado, el sillón que alguien nos obsequió, la trenza de mi pelo después de cortado, mi tristeza en un frasco, tu inseguridad en una caja de zapatos, tu ropa interior, mis libros, las cobijas de las que huía cada noche porque me bastaba con el calor tuyo.
Aquí puedo decir que te esperaba en cada sitio donde comenzaba a escribir: a un costado del teatro, en los cines a los que nunca entramos, antes de comenzar las clases, mirando el incesante chapoteo de las fuentes, en el puente, como quien espera un barco desde el muelle solitario. Lo debes recordar, esa primera vez, no había parado de lloviznar en días, apenas y recordábamos el sitio donde se adormecían los volcanes; entonces cruzaste el puente, quiero decir que apareciste en la parte más alta, sontiente y luminosa, con el gesto de silencio entre los labios, y al llegar frente a mí, me abrazaste después de besarme; la lluvia se detuvo, o dejamos de sentirla, que es lo mismo.
Entonces se acabaron, o casi, mis andanzas nocturnas por los sembradíos de la universidad, por la autopista que llevaba a cruceros donde trasvestis esperaban el amor a la entrada de moteles siempre sórdidos. Debo decir que bastaba compartir contigo el queso de la noche para satisfacer mi anhelo de aventura y descubrimiento del mundo.
Si algo compartimos, si algo pudimos llamar nuestro, enmarcarlo en el perímetro de un 'nosotros', fue esa habitación donde todo comenzó a romperse, a deshojarse despiadadamente, como mis libros, como los restos de mi tranquilidad. En repetidas ocasiones, tu vestido rojo me persigue durante la vigilia: un parpadeo, un cabeceo leve, bastan para llevarme de nueva cuenta a los pasillos humedecidos por la lluvia, todos los sitios donde supimos arder sin incendiar el universo, aunque tal vez eso hubiese sido lo más imperante. Burda, mi memoria evoca las estrechas paredes de ese tercer piso, el horizonte que se asomaba por la pequeña ventana del baño, las azoteas con sus tinacos sedientos, el enrojecido cielo de noviembre, los post-its rebosantes de cursilería y deseo, otra vez, siempre, el deseo. Última imagen del sosiego: estamos tirados sobre el pasto, mi vieja chamarra de mezclilla, deslavada, hace de tapete para tu espalda, ya me has arrebatado los lentes oscuros, ya ensortijas mi pelo; estamos al pie de una torre de agua, las nubes de la ciudad se han alejado para que podamos apreciar el azul incomparable de los últimos días del otoño, pero yo sólo consigo hundir el filo de mi mirada en tus ojos, en los pequeños lunares de tu cuello, tu camiseta roja, tus bluejeans, la sonrisa que se dibuja antes de tu afirmación. Nubes que alivian, momentáneamente el calor del mediodía, nubes que anuncian lluvia, nubes de tormenta, de desa

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