Dejamos que la casa se fuera quedando sola, deshabitada.
Algunas tardes, volvíamos a habitar sus rincones, pero ya no para saciar
el desenfrenado deseo a dos cuerpos, entrelazados, sudorosos. Dudábamos
entre volver definitivamente a habitar ese cuartucho al borde del
abismo, o saquearlo de una vez por todas, así nos llevara una eternidad.
Un puente nos separaba del mundo, el mismo que nos separaba al
principio de nosotros mismos, el mismo puente donde abordé el colectivo
que tú no quisiste abordar. Incluso en esos días, conseguía hacerte
sonreír, provocar la hendidura en tus mejillas, ver tus holluelos y
pensar en ellos como un sitio donde guarecerse de las tormentas. Cada
cosa se fue desplazando del sitio que le habíamos asignado, el sillón
que alguien nos obsequió, la trenza de mi pelo después de cortado, mi
tristeza en un frasco, tu inseguridad en una caja de zapatos, tu ropa
interior, mis libros, las cobijas de las que huía cada noche porque me
bastaba con el calor tuyo.
Aquí puedo decir que te esperaba en
cada sitio donde comenzaba a escribir: a un costado del teatro, en los
cines a los que nunca entramos, antes de comenzar las clases, mirando el
incesante chapoteo de las fuentes, en el puente, como quien espera un
barco desde el muelle solitario. Lo debes recordar, esa primera vez, no
había parado de lloviznar en días, apenas y recordábamos el sitio donde
se adormecían los volcanes; entonces cruzaste el puente, quiero decir
que apareciste en la parte más alta, sontiente y luminosa, con el gesto
de silencio entre los labios, y al llegar frente a mí, me abrazaste
después de besarme; la lluvia se detuvo, o dejamos de sentirla, que es
lo mismo.
Entonces se acabaron, o casi, mis andanzas nocturnas
por los sembradíos de la universidad, por la autopista que llevaba a
cruceros donde trasvestis esperaban el amor a la entrada de moteles
siempre sórdidos. Debo decir que bastaba compartir contigo el queso de
la noche para satisfacer mi anhelo de aventura y descubrimiento del
mundo.
Si algo compartimos, si algo pudimos llamar nuestro,
enmarcarlo en el perímetro de un 'nosotros', fue esa habitación donde
todo comenzó a romperse, a deshojarse despiadadamente, como mis libros,
como los restos de mi tranquilidad. En repetidas ocasiones, tu vestido
rojo me persigue durante la vigilia: un parpadeo, un cabeceo leve,
bastan para llevarme de nueva cuenta a los pasillos humedecidos por la
lluvia, todos los sitios donde supimos arder sin incendiar el universo,
aunque tal vez eso hubiese sido lo más imperante. Burda, mi memoria
evoca las estrechas paredes de ese tercer piso, el horizonte que se
asomaba por la pequeña ventana del baño, las azoteas con sus tinacos
sedientos, el enrojecido cielo de noviembre, los post-its rebosantes de
cursilería y deseo, otra vez, siempre, el deseo. Última imagen del
sosiego: estamos tirados sobre el pasto, mi vieja chamarra de mezclilla,
deslavada, hace de tapete para tu espalda, ya me has arrebatado los
lentes oscuros, ya ensortijas mi pelo; estamos al pie de una torre de
agua, las nubes de la ciudad se han alejado para que podamos apreciar el
azul incomparable de los últimos días del otoño, pero yo sólo consigo
hundir el filo de mi mirada en tus ojos, en los pequeños lunares de tu
cuello, tu camiseta roja, tus bluejeans, la sonrisa que se dibuja antes
de tu afirmación. Nubes que alivian, momentáneamente el calor del
mediodía, nubes que anuncian lluvia, nubes de tormenta, de desa
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