16 feb 2020
Anoche he vuelto a beber. La noche era fría, de un frío que abraza como
una madre que no sabe arrullar a sus hijos pero aún así hace el intento
de arroparlos, aunque en el abrazo los ahogue. Las calles estaban
solitarias, los treinta y cinco kilómetros que recorrí hasta la ciudad
más cercana también estaban solitarios. Durante el trayecto iba pensando
en que necesitaba cargar gasolina, en los recientes levantones, en la
absurda polución de fuerzas armadas, en su inútil despliegue
de torretas, en la niebla, en como hace más oscura la oscuridad, al
tragarse toda luz, en la densa oscuridad bajo la niebla. Pensé en los
ojos de esa mujer de la que he estado enamorado los últimos dos años. En
cómo ninguno se decide a dar el siguiente paso. Pensé en una balacera
desatada, en las talacheras que sirven de cobijo a los secuestradores,
en las fondas a la orilla de la carretera donde llegan a ocultarse
algunos narcotraficantes de poca monta, apenas gatilleros, apenas
empleados menores del crimen organizado. Pensé en los baches de la
carretera y en la posibilidad de caer en uno de ellos, tan profundo como
la muerte, y salir disparado contra un tráiler o a la boca abierta de
una barranca. En los coyotes que otrora aullaron en estas planicies, en
los bosques perdidos. El frío tendió su mano y atenazó mi corazón. Volví
a mirar las solitarias luces de la pequeña ciudad. Bebí un trago más,
entré en la madrugada como un ladrón a una casa que desconoce. Pensé en
el tierno amor de una mujer de la que me separé hace unos años, en lo
hermoso que fue descubrir el lunar en el medio de su espalda, como un
sol, o una piedra de sacrificio en el corazón de una estepa solitaria.
Pensé en cerrar los ojos, en sumergirme en el pozo del sueño. Pensé en
las calles de Texcoco hace nueve años. En el chaval que en ese entonces
sostenía sobre su mano el corazón: rudo, bravo, ojeroso, inocente, en
los plantíos de cierta universidad. Pensé en los frenos, en el
acelerador, en el sabor del tabaco en la boca, en la infelicidad, en la
aventura.
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