29 feb 2020

Atravesar la sierra por tu beso


Otra vez la lluvia llega puntual a humedecer la selva, otra vez escucho el golpeteo del agua sobre la lámina, aprendo a disfrutar la oscuridad de aquellas noches sin energía eléctrica, oyendo la ríada a la distancia, cargada de troncos y peces escurridizos. Salgo a admirar el caos desde un puente de troncos donde seguramente se arrojó un hombre o una mujer por penas de amor sin correspondencia; hay una roca que me llama, pero me preocupa cruzar el abismo sin mover el puente, sin tener que sostenerme en los cables que atraviesan de orilla a orilla el breve abismo.
En la vigilia me vuelvo a ver, mochila al hombro, cámara en mano, y el ojo alerta a las serpientes: busco un paisaje, la mejor perspectiva para la mirada hipermétrope que desde entonces me acompaña, quiero la imagen definitiva que cimbre el corazón de una mujer que ha decidido ya no le pertenezco; blanco, el ojo de la noche me mira cuando me oculto entre los cafetales, pero el rastro de mi sangre me delata. Bajamos, en la oscuridad, por la ladera hasta el río furioso, canasto en mano; nunca como en estas horas en que el agua se estrella demencial y apresurada contra las rocas, tuvo mejor connotación decir que a río revuelto ganancia de pescadores; pese al temor de ser arrastrado por las lenguas rabiosas de la creciente, la pesca llenaba nuestras manos, iluminadas por uno que otro relámpago en la oscuridad.
Uno piensa poco en la madrugada tropical, el sueño posado como un ave oscura en la pequeña hamaca: en el silencio descubre el oído lejanas melodías. Tenía que hallar la madrugada, tenía que deshojar las flores de la noche y la tormenta; entre la cavilación y la sorpresa, un árbol lleno de frutos cae sobre mi habitación, vencido por el viento.
Río arriba, las piedras entonan un himno furioso: arrastran cadáveres, troncos y serpientes en celo que sólo pueden ser muertas por mujeres encinta; no hay machete, no hay bala que les hiera, ni fogón que acepte el cocimiento de su carne. Ondea como una bandera tu cabello en el centro de mi pesadilla: único asidero en que se sostiene durante su caída la cordura. Pero el alba llega, y hay que volver a cargar la mochila, descubrir los ocultos paisajes de esta tierra, arrasar con lo que de tristeza sobrevive en los bolsillos.
Alguien llama a la puerta, una detonación ha quebrado el cristal del mediodía; tú te has marchado, ágil, sonriente y somnolienta: sólo alcanzo a sostener en el aire el encanto de tu aroma, el sutil sabor de tus labios. Releo mis notas, en cada una aparece una traza de tu ser, un esbozo apenas suficiente para reconocerte entre la bruma, pero tú sabes bien que no escribiré tu nombre desde que acordamos no nombrarnos, que la mejor manera de pertenecernos era sin etiquetas, apenas acaso un adjetivo fugaz y anacrónico para llamarnos en el apoteósico jadeo. Recorro otra vez esas veredas, vuelvo a cortar los frutos que apaciguaron mi sed, hurto las cerezas del cafetal; apenas encuentro un arroyo, busco caracoles para acompañar la bebida de maíz fermentado, me acuclillo y bebo, como cada noche frente a ti. Entonces caigo en la trampa, otra vez, cada vez, de describirte sobre papel con las manos atadas al destierro, estas manos que ya sólo recuerdan, y cada vez con menos nitidez, el trayecto de tu rodilla hacia tu muslo bajo la tela cómplice de tu falda; caigo repetidamente, y no hay equipo de salvamento al final de la caída. Incierto, palpo el cuerpo de la noche: no hay otra cosa que el bulto de tu ausencia balanceándose en la oscuridad, golpeándome a ratos, sin que lo vea venir. Suena el viento, es hora de recoger mis cosas, seguir el camino, tirar migas de pan que marquen el camino de vuelta; acto conscientemente suicida, voy al encuentro del minotauro, sin hilo ni Ariadna, y sé que las aves devorarán las migas, pero avanzo: el minotauro es el olvido, es tú olvidándome.
Ahora, el horizonte parece una herida reciente. La noche se acerca otra vez, pantera, en busca de su presa; su ojo blanquecino se abre fugaz para ocultarse tras las nubes.
Rueda la enorme piedra del recuerdo, llevándose todo a su paso; arranca jirones de piel y abre viejas heridas, pero no todo es doloroso: reaparece, febril, la noche que este que ahora escribe pasó en vela tratando de hacer que un trozo tallado de madera danzara sobre el piso de tierra, el primer barco que navegó con su fragilidad las aguas bajo la tormenta de la calle Central de su Íthaca particular. Anclo, barco maltrecho, en la playa desnuda de tu nombre: con un grito ahuyento a los fantasmas, que nos dejen a solas con mi carne y el agua diáfana de tu sonrisa. Sobre la herida, el bálsamo de tu beso, en la desesperada caída interna, el lecho de tu ternura: para respirar en calma, para tolerar los espíritus de la noche, para atravesar la sierra poblada de crótalos en celo, para cruzar a salvo los arroyos desbordados por los huracanes: el mágico toque de tu beso.
Esta mano, por tocarte, ardió; esta lengua, por nombrarte incansablemente en el desvelo o en el delirio de una cama de hospital, guarda sus llagas, trofeos de guerra. Vuelve, como en un sueño, como el agua hacia la orilla, vuelve a incendiar con tu mano los entresijos del insomnio; vuelve mi carne a anhelar tu carne: caerán las ciudades, se anegará cada desierto, pero tu nombre seguirá en pie, bandera con que el olvido señala las demarcaciones de mi patria.
Antes de ti, era la nada; tras de ti, el vacío. Recojo los últimos restos de nuestro naufragio, lo que de astillas y esquirlas dejó la colisión de nuestro enamorado, iluso barco contra los arrecifes de la nada confiable distancia: aparece, ojo de tornado, un par de fotografías, el único, donde el nosotros toma forma; no podría decir si el abrazo nos engulle o nos fusiona, pero de algo estoy seguro: es la prueba fehaciente de que nuestros caminos se cruzaron, de que la colisión, en efecto, fue devastadora y tangible, real. Todo lo devuelvo al polvo, que se diluya o se disperse entre la bruma de los días: conmigo se queda el dulce padecimiento de tu ausencia y el amasijo de recuerdos que a nadie más pertenecen.
Ahora, años después, despierto en medio de la pesadilla o de la inconsciencia: como en esos días, la lluvia no cesa, relinchan todavía las caballerizas bajo la tempestad, mi ojo hipermétrope adivina el trazo de la vereda en el destello del relámpago; exhausto, enlodado, febril, he atravesado por fin la inmensa serranía, pero sé que ya no podré alcanzar tu beso.

No hay comentarios: