poner a un lado el sobresalto, la pesadilla
en que te veo descender de nueva cuenta
a los infiernos, y algo como un hueso
se me quiebra en el costillar del alma,
de preocupación y espanto, de horripilante celo;
sé que nada quiero que no sea el arroyo de tu risa,
este columpiarse de un ojo tuyo al otro,
reflejado, desesperado por asir una vez más la inocencia
de la carne, recuperar la candidez perdida,
sacrificarla en tu altar, como primicia y fruto primero
de mi sangre, como oveja eviscerada,
incapaz ya de balido, tierna semilla de carroña;
sólo una cosa quiero: asir tu mano en la vigilia
y en el instante previo a cada aurora
hundir en tu cintura mi barco de caricias,
tocar, con este dedo sucio, la calma, el equilibrio
y en el instante previo a cada aurora
hundir en tu cintura mi barco de caricias,
tocar, con este dedo sucio, la calma, el equilibrio
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