No voy a hablar de la poesía, mis estimados,
ni de la herida que sostiene al hombre en pie,
no hay modo, perder así el tiempo,
dibujando con torpeza los aristas del miedo propio,
y decir esto es la guerra, esto la belleza,
aquello, oh dios, es el terror, lo erróneo
que sobrevuela el mundo, la lengua amarga
que envenenó la vid y el agua.
Hoy he mordido el tallo moribundo de una flor terrible,
y he envenenado mi garganta, y veo
cómo caen mis dientes sin estruendo,
y la garganta se me cierra como la puerta
que daba a la tibia casa del amor en la adolescencia,
y ya no sé si es mi pupila la que se dilata
o estoy imaginando todo. Me ha mordido una serpiente
esta mañana, y yo no sé si hablar de la cordura
o gemir en el espasmo de la fiebre.
En verdad, es irrisorio, mirar los labios de la muerte,
entornándose, sugerentes, y atinar sólo,
tristemente, a acariciar el mastín del arrepentimiento,
sollozar otra vez como un crío que recién fue azotado,
como un lobo que aúlla al comprender la muerte de su manada,
su propia, inexorable soledad en la estepa,
y dejar caer los brazos, derrotados, plenos de rencor,
de miedo, volver a sollozar, no, no he venido a hablar
de la belleza, ¿cómo podría, con estas manos llenas de torpeza,
con este cuero desbaratándose bajo la lluvia,
con esta tristeza insoportable, con este bufido
en el corazón?
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