17 feb 2020

después de todo, uno se acerca a la jaula,
gruñe, rasca el suelo, desenfunda la garra,
se golpea el pecho, rompe la fina tela
del delirio; después de todo, no se es menos animal
por deglutir palabras, por mascador de extraños
adjetivos y concluyentes oraciones, no se es por docto
menos bruto si dentro la sangre rebulle,
se hace rosca, eriza la espalda, ladra y muestra,
sin compromiso, güero, el colmillar, la salivante
fauce, la rencorosa entraña regurgitante,
el entrecomillar de la cortés genuflexión;
después de todo, se es granada de fragmentación,
retorcido fruto en el jardín del dios de las cantinas,
hilo descarriado en el perfecto telamental
de lo correcto, y poco queda en mano que de fé,
constancia de haber tenido el pecho sano, limpio,
de no haber tomado cicatriz o mujer o vino;
después de todo, se es incapaz de sostener la calma
-pese al estoicismo, al temple ferramentado,
a la férrea voluntad del temblor en cada pierna-,
uno se sabe, cada uno comprende que no hay día
que vuelva, que no hay modo de que ocurra
otra vez ese milagro sencillamente despreciado
de mirar el vacío para apreciar la caricia del vendaval
en los entresijos macilentos de la camisa,
la incolora sensación de estar a salvo, inocente,
con apenas cuarteaduras en el estrépito de carcajearse
a lomos de la noche, a fin de cuentas, después de todo

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