28 feb 2020

perra la suerte me mordió el tendón del sosiego

estaba en el mercado, a la espera de dios o de mi madre,
que para esos años casi era decir lo mismo,
y no lo vi venir, en qué carnicería se le montó el hambre,
porque me clavó el arpón de sus colmillos con fe,
con la devoción que quien se sabe merecedor del paraíso,
o capaz de rajar la carne, esa delgada tela, irrisoria,
que nos cubre bajo la otra tela que confeccionó la moda
o el desgano. No alcanzó mi voz para los ayes de dolor,
ni el suelo para el retorcimiento y la gesticulación,
y así, entre cajas de verdura en pudrimento, ante la vista
divertida del marchantaje me ví herido y lloroso, y rengo;
y digo esto para dar fe que mi perra suerte, que entonces
no era mía, sino de un tal azar, para adoptarme marcó
mi carne infante, y esta herida, este anuncio de cicatriz
que porto cual tímido estandarte, es, sin fratricidio,
mi marca personal, que anuncia dejadle vivo, aunque sin hueso
sano en su haber, aunque la sangre apenas suficiente,
aunque el motor en su pecho sea apenas audible en su traqueteo,
dejadle vivo; por eso late desbocado el anfibio que vive en mi pecho,

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