28 feb 2020

Apenas mencionar tu nombre, siento la garra
del dolor sobre mi carne, abriéndola
como quien rasga una bolsa de plástico
en un parque a las diez de la mañana.

He visto la ira en tu ojo, el llanto devenido
angustia, la seria fisonomía del encantador
de serpientes; de tu palabra abrevé el agua
empozada que me hizo hombre.
He atravesado la tiniebla solo empuñando
una frase que me dirigía a tu abrazo,
y para salir, he tomado el camino inverso.

Alguna vez tendí la mano para hallar la tuya,
abrí mi pecho para guarecerte, padre,
y sumido en el fango del espanto,
clamé tu nombre para fingir valor ante la muerte;
pero ya basta de lamer mi herida como ave
que extravió su nido, tu aliento me llevó
a surcar el aire, a lamer el fuego.

Ya basta de sangrar con mi corazón de utilería,
lo he manchado todo alrededor por desafiarte,
pero ya he firmado la paz con tu fantasma,
es la hora de encender hogueras para siempre,
de iluminar esta noche, este silencio
porque me resisto a decir que fui un niño feliz
y porque sería una exageración decir
que mi infancia fue un terrible vaivén de cuitas
y dolores; he vivido y fue tu sombra la que llenó
el verano y la calígine de los primeros días

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