Uno abraza la madrugada con la desesperanza
de quien abraza el cadáver de su padre,
con la cruda certeza de estar frente a frente
con el último día del resto de su vida,
sabedor de que a partir de ese instante,
interminable, irrepetible, todo habrá de trastocarse;
que no habrá, bajo el cenit del día,
tabla de salvación, ni cayado que separe las aguas
de un mar de oprobio; uno abraza la quemadura
en la piel con la ternura de quien sostiene
en la camisa de fuerza del abrazo al niño que se fue,
que tuvo a bien caer de bruces en el parque,
en el húmedo empedrado de una calle:
uno arrulla el desasosiego y piensa en cada cosa
que lo espera tras la puerta, pero, y esto es importante,
ignora si la puerta da a la calle, o al oscuro
interior de una casa que está a dos pasos, a la espera
del más pequeño temblor para venirse abajo
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