16 feb 2020
Soliloquio de Jesús ante su padre, en el desierto.
¿Tanto es mi cariño hacia tí, mi ciega devoción o el imponente miedo que en mi despierta tu presencia, padre? Las generaciones venideras me tomaran como ejemplo del buen hijo que se sacrifica ante su padre para beneficio de sus hermanos, menores e ingratos.
¡Si tan sólo supieran! ¡Si pudieran, en un atisbo de pobre imaginación, hacerse la imagen de lo desgraciado que soy al observar, y en un arrebato de estúpida obediencia, abrazar tus planes!
Nadie sabrá, acaso tú, el implacable voyeurista, el tormento que es cada una de las noches en este páramo reseco; ¿quién podría saber que mis noches están pobladas con los gemidos que de Magdalena mantiene encendidos mi memoria, quién diría que mis oraciones más íntimas y fervorosas se me van en evocar cada palmo de su piel al entregárseme, viva, palpitante, en el helado desierto? ¿Habrás adivinado, tú, padre, en tu infinita y obscena sabiduría, cómo se me revuelve la entraña al imaginarla, a ella, en brazos de otro, de otros desconocidos amantes, encendida en el centro de su carne, esa carne que hasta hace algunas noches me era imposible imaginar, absorto en escuchar tu perorata?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario