Clásico, vas a Chilpancingo (no es tu reino, pero queda cerca), y la
aplicas: barbacoa de chivo en el mercado, con su respectiva vicky bien
fría a ritmo de algún dueto que se raje la garganta con La mula bronca.
Las empanadas rellenas de camote que de morrillo jamás habrías aceptado
en tu reducido catálogo de manjares, los panecillos llamados borrachitos
que siempre llegaban en domingo, acompañados de nieve de leche; el
queso añejo con guajillo en la corteza por el que te hiciste
afecto a los mercados, acudías a ellos buscando la sección de
abarrotes, ansioso de inhalar su olor característico, llenarte las
narices de ello, aunque la mandíbula no se abriera para cerrarse sobre
sus texturas. Las pepitas de calabaza asadas en comal, sempiternas
compañeras de la sobremesa en casa de los abuelos, en todas las casas de
la tierra, de lo que en aquel tiempo significó 'la tierra'. El polvo
para preparar chilate, esa bebida espumosa, fría, que también llegaba
los domingos, día de festiva mercadería. Esas breves cosas llenan la
mochila, y es casi como llevar el mundo a cuestas. Un mundo que, por
otro lado, poco pesa.
En un puestecito de discos piratas, un cedé
con sones calentanos se queda en tus manos. Buscabas los requintos de
Agustín Ramírez, de Dueto Caleta, pero es todo lo que hay, en los demás
te han ofertado, en el mejor de los casos, a Los Donnys, a Las
Jilguerillas, que no son malos pero tampoco son lo que buscas ahora
mismo; los otros, a lo sumo, encogen los hombros, como si les hablaras
en un idioma ajeno para ellos, te ofertan los más variopintos
narcocorridos.
Entonces, mientras atraviesas la avenida, te ríes.
De tí, por haberte reído antes de los amigos siempre inmersos en la
nostalgia por el terruño, por los nimios detalles que le dan forma.
Porque, ahora, en este mismo instante, tú, el señor frío, el
desarraigado, el nómada sin ataduras, acaba de tensar, de ejercitar casi
sin darse cuenta, el músculo de la nostalgia.
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