16 feb 2020

25 10 2017

Clásico, vas a Chilpancingo (no es tu reino, pero queda cerca), y la aplicas: barbacoa de chivo en el mercado, con su respectiva vicky bien fría a ritmo de algún dueto que se raje la garganta con La mula bronca. Las empanadas rellenas de camote que de morrillo jamás habrías aceptado en tu reducido catálogo de manjares, los panecillos llamados borrachitos que siempre llegaban en domingo, acompañados de nieve de leche; el queso añejo con guajillo en la corteza por el que te hiciste afecto a los mercados, acudías a ellos buscando la sección de abarrotes, ansioso de inhalar su olor característico, llenarte las narices de ello, aunque la mandíbula no se abriera para cerrarse sobre sus texturas. Las pepitas de calabaza asadas en comal, sempiternas compañeras de la sobremesa en casa de los abuelos, en todas las casas de la tierra, de lo que en aquel tiempo significó 'la tierra'. El polvo para preparar chilate, esa bebida espumosa, fría, que también llegaba los domingos, día de festiva mercadería. Esas breves cosas llenan la mochila, y es casi como llevar el mundo a cuestas. Un mundo que, por otro lado, poco pesa.
En un puestecito de discos piratas, un cedé con sones calentanos se queda en tus manos. Buscabas los requintos de Agustín Ramírez, de Dueto Caleta, pero es todo lo que hay, en los demás te han ofertado, en el mejor de los casos, a Los Donnys, a Las Jilguerillas, que no son malos pero tampoco son lo que buscas ahora mismo; los otros, a lo sumo, encogen los hombros, como si les hablaras en un idioma ajeno para ellos, te ofertan los más variopintos narcocorridos.
Entonces, mientras atraviesas la avenida, te ríes. De tí, por haberte reído antes de los amigos siempre inmersos en la nostalgia por el terruño, por los nimios detalles que le dan forma. Porque, ahora, en este mismo instante, tú, el señor frío, el desarraigado, el nómada sin ataduras, acaba de tensar, de ejercitar casi sin darse cuenta, el músculo de la nostalgia.

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