Porque aprendí a deletrear, en el paroxismo
del amor, tu nombre, tierna fruta,
porque al tocar, consciente de la herejía, el cáliz
de tu vulva, por humedecerla en mi oscura saliva,
escribo, hoy, para siempre, a solas.
Confinado, pero no a la estrecha jaula,
a la distancia infranqueable. Mía es la tierra
para recorrerla. Pero la casa tuya, la noche de tu habitación,
me son imágenes sólo permitidas en el recuerdo,
en el confuso marisma del anhelo.
Porque habité, impetuoso, el agua de tu noche,
y en la ruptura, en la cuarteadura de la madrugada lamí tus plantas,
escribo, a todas horas, enceguecido.
Porque tu abrazo completó el círculo de mi abrazo,
dejo la página abierta, boca anhelante, ofuscada en la sed de otro desierto
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