13 oct 2017

no hay otro modo de decirlo, aunque suene repetido: algo de mí se ha quebrado lejos

y en esa quebradura, en ese insólito agrietamiento
se ha quedado con partes de mí,
piezas mías que aún apreciaba,
y debo confesar que estoy herido,
que caminar, morder una fruta, aspirar el aire
es poner los pies en el potro de tortura
y verse obligado a contener el grito,
a negar la confesión, pero es cansado
y no hay piedad heróica en ello;
no hay más, estoy quebrado, pero yo nací roto,
mellado en los bordes, dislocado en el nervio querencial,
sembrado de gusanos, y es por ello tan extraño
que ahora me duela esta rotura
y me agite los párpados y me anegue las cuencas,
y me orille al silencio tangencial de un condenado,
a mí, que siempre festejé las llegadas de los barcos
y las partidas de los amigos; a mí, que siempre
salí a buscar el abrazo de la noche
y ahora estoy, animalito herido, recluso en mí mismo,
en la madriguera carnal que me fue dada,
como tullido de las piernas del ánimo,
como arrastrándome por las esquinas
de esta casa labrada, de este respirar
y no saber qué significa estar de nueva cuenta vivo

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