las hojas dejaban caer sus filamentos sobre el concreto
y el concreto lo tocaba todo: no había rincón a salvo
de su beso helado, ni la madrugada, ni mi corazón.
algo se resquebrajó, como la superficie congelada
de un estanque, como la escuálida certeza del amor;
entonces vinieron los lobos carniceros a retozar,
mandíbulas batientes, enrojecidas, sobre mi espalda
de hombre apabullado por la paz
sobre el desconcierto de mi carne acostumbrada al caos,
sumida en la más horripilante calma
algo alumbró el desierto con sus manos,
derritió glaciares crecidos durante siglos en el plexo solar,
me dejó solo, tiritando mi humanidad ante tu partida
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