Creo que he envejecido inexorablemente. Algo sucedió entre el primer trago de mezcal y la última cerveza de anoche. Corrijo: algo ha venido sucediendo desde el segundo sorbo de alcohol, que no había percibido. Algo, turbio y sigiloso ha venido creciendo a mi interior. Otro igual a mi, pero mesurado y timorato. Me insta a guardar las botellas que en otro tiempo se habrían vaciado escandalosamente, me dice 'guarda para después, para tiempos memorables, colecciona'; y ahí están, acumuladas, las botellas de extraños licores y sorprendentes mezcales: intocadas, polvorientas.
Apenas se descuida, cojo un par de botellas y salgo a buscar algún amigo para escanciar el licor, ponerlo a salvo en mi garganta. Así recorro bares, fiestas, recitales de poesía: desaliñado, sucio, pestilente. Hasta que despierta y reclama mi presencia y la botella faltante. Le sonrío, socarrón, y cierro los ojos.
Bien, no todo está perdido, peor sería que me instara a verter su contenido en el desagüe, a renegar de todo el alcohol posible. Tal vez alcance a degustar los añejos que en mi adolescencia ambicionó el paladar y a los que la sed evitó la maduración.
No digo mucho más, el otro duerme mientras afilo la cuchilla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario