6 may 2023

2020 09 13

 Una tarde de 2009, entre el 5 y el 10 de noviembre, un grupo de estudiantes tomamos la universidad. El motivo no lo recuerdo bien, pero recuerdo que éramos más bien pocos. Sabíamos que los grupos porriles al servicio de Antorcha Campesina estarían dispuestos a la agresión. Que el grupo de futbol americano, Los Toros Salvajes, al servicio de la rectoría, también estaría bien dispuesta a reventarnos. Pero nada de eso paso, a excepción de algunas discusiones acaloradas con militantes de Antorcha.
Lo que yo no sabía es que a medio día, muchas cosas comenzarían a definirse y a configurar los siguientes años de mi vida.
Por ese tiempo, indisciplinado como era, tenía el pelo largo y era mucho más desordenado que ahora. Salía con una chica hermosa y turbulenta. Vivíamos juntos en un cuarto estrecho para mi gusto y costoso para mi presupuesto.
Entonces, ese día, ella llegó a la puerta donde yo estaba. No pasábamos por un buen momento, y nos apartamos del grupo para platicar. Me dijo que se marchaba. Que las cosas no estaban funcionando. Traté de negociar una salida porque no quería perderla pero ya sabía que eso iba a suceder. Acordamos un mes más. Una de las condiciones fue cortarme el pelo. Acepté.
Todavía recuerdo la cara compungida de la mujer que me lo cortó. Hizo lo posible, al final, por recuperar mi greña y con ella hizo una trenza que me obsequió. También hicimos una trenza mucho más pequeña con el primer mechón que cortó su tijera, y que se quedó Carmen. Su pequeño trofeo.
Unos días más tarde participé en una obra de teatro en Cuetzalan, Puebla; era el aniversario de una organización campesina, y allá andábamos, haciendo trabajo político y teatral.
Esa tarde, terminado el evento, nos invitaron a comer a la casa del responsable regional. Ahí, un amigo me invitó a Chiapas. Sabía que no la estaba pasando bien y que en abril había estado por ese rumbo, ayudando con algunos pendientes tras la detención del vocero de la organización en aquel estado. No dudé en acompañarlo. El plan era ir a la selva chiapaneca, organizar algunas acciones y volver pasado el aniversario de la revolución.
Pero en el camino, la dirección política definió que mi cuate se dirigiera a su destino, y a mí me enviaron a la zona limítrofe con Tabasco, a donde había estado meses antes.
Ese rumbo, sin proponérmelo, se volvió mi hogar durante tres años y medio. Luego vine a Veracruz, y acá llevo casi ocho años.
Todo por ceder la cabellera.

 

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