La camisa era de José Ángel y nadie se la había puesto desde 2007, pero me ha acompañado en cada mudanza como una especie de amuleto al que no le guardo ninguna devoción pero del que tampoco pretendo desprenderme.
Mi cabello sigue siendo tan necio como aquella mañana aciaga en que entré, distraído y un tanto atemorizado, a ese páramo salvaje llamado primaria rural.
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