Supe de las horas grises, de la palabra que anega el paladar después de cerrar la garganta pero no tiene sino un sabor amargo que inunda todo lo dicho, la palabra suave y la frase dulce dejada en el oído de la mujer deseada, los buenos deseos para el amigo que se marcha y al hacerlo parte en dos un firmamento de juramentaciones por cumplir, el verbo puesto bajo la sombra de la esperanza una mañana en que hubo un sol amable o una niebla entibiecida; aprendí a morder el polvo, despertar con las piedras por almohada y la resaca espoleando el costillar del miedo, llamé a la puerta de cuerpos desconocidos pero deseados y salí corriendo en cuanto sospeché había alguien dentro dispuesto a atender mi llamado; quiero decir que ejercité mi músculo de obligada soledad, y me hice mayor sin saber cómo, atenazado por la fiebre y la ebriedad, recorriendo cantinas de mala nota a los que no sabría cómo volver aunque mi vida dependiera de ello.
Aprendí a guardar recuerdos, polvo, absurdos signos con los que señalé los días en que la vida fue algo más que una concatenación de ocasos y horas de sopor o lluvia, pero olvidé la razón que me hizo forjarlos; guardé secretos y empujado por una compulsión de fiebre, inventé una casa incendiada en el llano de la infancia, un juego de padres calcinados y una lista de nombres insulsos con los que me identificaba y nunca eran el mismo.
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