La casita está cercana a un arroyo por el que cruzo cuando visito a los vecinos. Es el camino más directo, lo otro es caminar por la carretera bajo el sol tropical o la lluvia, hacer el doble del camino. Así que tomo el plato recién lavado en el que ayer me trajeron tamales de elote, abro la puerta que da al arroyo, y al cerrarla, oigo que algo cae.
Miro dentro de la casa (ya estoy afuera, entre la maleza que comienza a crecer y a tupir los alrededores de la casita, aquí la hierba brota y se desarrolla a una velocidad pasmosa, no hace más de un mes que pasé el machete por todo el hierbajal y ya pide a gritos otra limpieza), sobre el piso de concreto algo se mueve con agilidad pero alcanzo a ver anillos rojos y negros, de un negro casi azul oscuro reptando tras el bote donde almaceno agua. Afuera, conmigo, están las gatas, que observan curiosas pero tranquilas. Algo que se parece al frío me pasa la mano por la espalda. Algo que se parece al miedo me acaricia la garganta pero no se decide entre la resequedad o el grito. Al final, el espíritu práctico ordena: busca el machete, que está lejos. En el camino encuentro el rastrillo para el pasto y me digo que bien puede servir.
Vuelvo a la casa, pero entro por la otra puerta, la que hace las veces de entrada principal. Cruzo la brevísima sala, entro al espacio extraño que hace las veces de fogón, tendedero para los días de lluvia y lavadero donde quedó la coralillo. Rebusco en los rincones, bajo el lavadero, la puerta que da al baño, y en una rendija entre el metal de la puerta y la pared alcanzo a ver la mitad posterior del reptil. Sé que de nada servirá, pero aún intento aplastarle la cola con el mango del rastrillo. Apenas siente el metal, el azul casi negro o negro casi azul orlado de vistosos amarillos se escabulle por fin.
Afuera está Drama, la gata más grande, que mira cómo se arrastra la serpiente. Salgo y la veo alejarse bajo el árbol de cacaté, esa semilla amarga que se hierve con sal para comerla después, acompañando el pozol del mediodía o a la hora de la comida, o para pasar el rato, como una botana. Ya se ha ido. Drama sigue inclinada sobre la hierba, como a la espera, y pienso en la posibilidad de que la hubieran mordido. La llamo y se yergue, atenta, vivaracha. Pinche gata, le digo.
Vuelvo por el plato y camino hacia el arroyo pero ya no voy solo, me acompaña una inquietud que trato de ignorar. En el camino de vuelta, luego de entregar el utensilio, me noto tenso y agitado.
Sí, sentí miedo. No al animal, a su mordedura. Al hecho de no haberlo visto al abrir la puerta, de andar descuidado. Al hecho de que mi distracción me hizo olvidar que es temporada de lluvias, y en estos meses las corrientes arrastran consigo, además de palos, rocas y basura, infinidad de serpientes. Nahuyacas, mazacuas, coralillos. Al hecho de que ese olvido es imperdonable si se vive a unos metros de un arroyo.
Tenía tal vez unos ocho años, vivía en Guerrero, en la casa de mi madre, que en esos tiempos era de las pocas que habían a la entrada del pueblo. Una noche, al entrar a mi habitación hice a un lado la cortina con la mano izquierda. Sentí un aguijonazo en un dedo y casi al instante un calor que quemaba bajo el cuero y avanzaba, con parsimonia pero sin detenerse. Todavía alcancé a encender el foco y al iluminarse la habitación ver la carrera de huída de un alacrán pequeño. Busqué a mi padre, que, cosa extraña, pasaba una temporada en casa. Caminamos cosa de un kilómetro a la casa de Teodulfa, su concuña, que era enfermera y que moriría unos catorce años más tarde en el baño de su casa tras una indigestión al resbalar sobre su vómito y estrellarse su cabeza contra un borde de concreto, y esa noche me aplicó una inyección contra el veneno del arácnido cuando ya tenía entumecido casi por completo el brazo izquierdo y comenzaba a sentir un hormigueo bajo la lengua, además del ingrato terror que desde siempre he sentido frente a esa herramienta de tortura que es aún la más inocente de las jeringas.
Como bien dicen, genio y figura, hasta la sepultura. Y yo no he dejado de ser distraído, ni de ponerme en situaciones de peligro por esa descuidada forma de transitar la vida.
2022/09/04
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