Cuando llegas a Tacotalpa ya se ha ido la última combi que te llevaría a tu destino, al pueblito donde de cualquier forma tendrías que pernoctar para mañana sábado, cuando el comercio y el transporte se paraliza por el adventismo, a primera hora comenzar el recorrido a pie de los ocho kilómetros que hay entre el municipio y la ranchería dónde vives.
Ahora piensas en la posibilidad de buscar hospedaje en alguna posada o esperar a un conocido que vive por el rumbo, y de hacerlo tener que caminar tres o cuatro kilómetros más. Desde luego, de ser así, el alojamiento estaría garantizado. Una hamaca para la noche y el desayuno para la caminata.
Caminas para hacer tiempo, pero las calles se agotan con rapidez. Piensas en buscar una cerveza para el bochorno que aún se siente a esta hora de la tarde pero no tienes el ánimo de otros años en que la sola idea de buscar un par de cervezas era la promesa de una aventura. Llegas al parquecito lleno de luces y figuras navideñas, un par de bocinas reproducen música tropical a todo volumen, que desentona con el ambiente de luces. Un hombre patea un cajero automático y un policía municipal intenta calmarlo con mucho tiento, casi se podría decir que con miedo: la diferencia de edades es notoria; el que patea el cajero, de bermudas y chanclas, es mucho más joven.
Frente a una banca vacía, la primera que viste, descargas tu mochila con algunos víveres, recuerdas que no compraste comida para los gatos y das media vuelta para sentarte pero aunque no había ningún animal cerca, sientes que tu pie derecho pisa algo como una pata.
Te giras y ves al niño, shorts y camiseta verde, apenas a tiempo para no tirarlo. Trae una bolsa de chicharrines casi vacía, que te ofrece enseguida. No aceptas con la esperanza de que regrese por donde vino y para tu sorpresa se sienta al lado y comienza a hablar de algo, no sabes qué, de lo que solo alcanzas a adivinar palabras sin orden aparente: pantalla, comprar leche, pelotas, calor, planetas. Dice que le teme a la figura del león que está detrás mío, pero no acepta cuando le dices que es un león, e insiste en llamarlo un oso.
Después de unos minutos, una mujer que supones es su madre, se acerca. Le dice que es hora de irse pero él responde una frase que termina en "el hombre", y se acerca más a tu costado. Ante la insistencia de la madre, el pequeño se acurruca contigo. Para cuando llega el padre, todos ríen nerviosamente y el niño sigue diciendo esa frase que culmina con "el hombre", y ahora sí, te abraza. No sabes qué hacer y tratas de convencerlo de que debe ir con sus padres, pero el mocoso se mantiene firme en su abrazo hasta que el padre lo toma en sus brazos y aunque al principio piensas que va a romper en llanto, sientes alivio al ver que comienza a reír y mientras comienzan a alejarse, te dice adiós. Le dices adiós también, sintiendo que algo se acaba de terminar, una breve y firme camaradería de parque en tierras tropicales.
Llega un mensaje.
Idihay pueh verga, ónde paso por ti?
Una hamaca para la noche y un café para los doce kilómetros de camino.
2021/12/03
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