3 may 2023

 

Llamó a mi puerta en la mañana. Traía unas piezas de pan, venía descalzo. Pero miento, no llamó a mi puerta. Llamó a los gritos porque la puerta no tiene timbre ni se puede golpear. Observó no sin desdén la maleza del patio, a las gatas. Un brillo lascivo asomó a sus ojos cuando vio las botellas con trago.
No le ofrecí una silla, pero encontró acomodo en el suelo. Soy dios, me dijo casi en un susurro. Como si contara un secreto, o como si le diera vergüenza aceptar su naturaleza. Por mi parte, fingí que todo discurría con naturalidad pero me sentí obligado a preguntar cuál de todos ellos, si no mentía, era. El único, me dijo por toda respuesta. Decidí no insistir y le ofrecí un poco de café. No te ofrezco más porque tengo la despensa vacía desde hace un par de semanas, dije, más por sostener una conversación que no iba a ningún sitio, que por confesarle mi precariedad a un desconocido.
Luego el silencio se hizo un espacio entre nosotros y solo fue interrumpido por los sonoros sorbos que producía mi invitado al acercar la taza a sus labios. Ni siquiera tocó la bolsa de pan. Yo tampoco quise probarlo, desconfiaba de él como pienso que Adán debió desconfiar de su palabra cuando aún era residente honorario del jardín del Edén. ¿Y si ese pan, amasado con celestiales harinas en los hornos del altísimo, era una nueva versión, cargada de gluten y carbohidratos, del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal (¡cuanta rimbombancia, por dios!), y estaba ante una prueba divina que debía aprobar bajo pena de ser expulsado de este nuevo jardín del Edén en el que nada me pertenece y que se cae a pedazos?
Me pidió trabajo. Puedo limpiar tu patio y el cafetal a cambio de una hamaca para dormir, dijo mientras se ponía en pie para dirigirse al baño. Guardé silencio incluso cuando al volver casi me suplicó por una respuesta. No lo quería cerca pero me provocaba cierto terror místico -a mí, que tanto me he vanagloriado de ser ateo- el darle una negativa rotunda. Así que me aferré a la tabla de salvación del silencio. Después de un tiempo que me pareció eterno -a él debió parecerle más breve que un parpadeo-, tomó sus cosas y se fue.
La bolsa de pan sigue en la mesa, llenándose de moho, pero ni las gatas, ni las hormigas, ni las cucarachas se le acercan.

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