Lo primero fue dejar crecer en la garganta el nudo del mutismo frente a la belleza, que trinaran los pájaros de una primavera siempre postergada en el pecho para en seguida saltar o querer saltar sobre los acantilados del paisaje. Primero fue morder como a una golosina tu nombre en la tersa ventisca de las tardes de tormenta tropical, exhausto, sediento de caminar la sierra, ponerle nombres al anhelo aún sin nombre pero ya con una forma definida: el aire de tu voz, mi abrazo imaginado en tu talle, tu furia contenida.
Lo primero fue arder, beso a labio, en cada conjugación de labio y lengua y manos que buscaban, a tientas, ciegas, tratando de encontrar sentido a la escritura braille del otro cuerpo, la ropa que tardó años luz en hallar su sitio en el suelo. Fue la ensoñación del insomnio y el sudor compartidos, la necesidad de fijar calendarios para la lluvia, aprovechar el estruendo del agua al caer furiosa, desbocada, sobre los techos de lámina, olvidar los ladridos de tu perro, hundirnos en la otra piel en una batalla siempre urgente, apresurar las horas hasta el encuentro, ansiosos expectantes junkies del deseo.
2021/06/22
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