3 may 2023

 

¿alguna vez sentiste de pronto, después de un largo rato de pesada calma, que algo terminaba por quebrarse adentro del ánimo, y mientras veías a las gatas maullar de hambre, sentir cómo de a poco se te iba enrollando la fuerza y se te cerraba el ojo y no hallabas ni un resquicio donde poner la zarpa, el más mínimo agrietaje donde agarrarse en la caída, y entre tanto le dabas vuelta a una sola cosa, una sola que de tan sola resultaba que era un montón de otras simples brutales y devastadoras cosas, historias, suposiciones, dolencias y malentendimientos, cosas que no terminan de estar claras en su detalle pero sabes también que ahí, de haber, habría el espejismo y el laberinto y la confusión y es mejor poner a un lado el impulso de clarificar lo de por sí turbio debajo de toda la turbiedad que precedió a aquella madrugada y continuó por meses y meses de dolido enrabiataje, sin que a la fecha parezca remitir, pero qué importa si lo que importa de verdad es alcanzar esa palabra tan lejana de sí misma y de esta tierra, la justicia, y te preguntas cuántas balas fueron expulsadas de cuántas bocas de cañón de rifle de asalto o escuadras, empuñadas por cuántas manos y cuántas habrán temblado y aún más, cuántas habrán actuado con la inercia aprendida del ejercicio constante, de quién usa una herramienta repetidas veces antes puesta en funcionamiento, y te preguntas pero es inútil, lo sabes, qué pasó por la cabeza de aquel compa, tu curiosidad o morbo te espolean aunque les pongas freno, qué habrá sentido al saberse herido, al ver que lo arrastraban calle abajo, al saber que ahora sí como decía aquel mensaje al celular que envió meses atrás con esa claridad casi adivinatoria, que el destino de su firme consecuencia en el actuar le deparaba una muerte violenta, seré arrastrado y destrozado, decía el mensaje, o que, tal como afirmaba después de la persecución política y la cárcel y el desplazamiento forzado y el exilio de su estado natal, lo único que restaba, lo último que podría hacer el estado en su contra era arrebatarle la vida eso tan fugaz que no le daba pena perder sino perder sin haber hecho lo suficiente sin dejar tras de sí nuevas manos con el suficiente arrojo para tomar la bandera y seguir el camino ya trazado, y te preguntas cuatro años más tarde, cuarenta y ocho meses después de aquel ataque artero, bañado de impunidad por las alianzas hechas entre sus asesinos y el poder emergente en el país, ese poder necesitado tanto de aprobación como de control político y social que no dudó al enarbolar las banderas de los desposeídos mientras bajo la mesa pactaba con los asesinos y los saqueadores y los sinescrúpulos de siempre, te preguntas si te acompañará el temple para sostener la palabra dicha o huirás un día edificando muros de nostalgia y razones que sabrás son nimiedades pero te servirán de remo en ese alejamiento no tanto por necesitar la excusa ante los otros sino ante ti mismo, para aquietar las bestias de la culpa, o si aún en la distancia te morderá ese perro del recuerdo y tu formación cristiana te pondrá, siervo de la expiación no pedida, a rezar avemarías solidarios y silicios de conciencia, sitiado para siempre en una batalla inútil a dos bandas entre tu deseo y la consecuencia, o elegirás caer como un ángel al abismo de un edificio o de un vehículo en circulación, o el beso de fuego de una pietro beretta comprada a una viuda en el lejano pedregal de yerbajales, castañeteando de frío y nervios, que desde entonces te acompaña y entonces vuelves a pensar en las cosas pendientes y olvidas de momento la angustiosa pregunta, las brumas bajo la bruma espesa de los días que antecedieron y sucedieron a aquella madrugada violenta de dos mil diecinueve, un día antes de la explosión en ese pueblo de Hidalgo de nombre tan cargado de poesía, Tlahuelilpan, cuando el timbrazo del celular te arrancó del sueño para avisar que los paramilitares habían entrado por Noé y se lo habían llevado y solo quedaba por hacer, en la distante gélida sierra veracruzana, la espera aunque ya sospechabas todos sospechaban casi el desenlace de la jornada, y vuelves a sorber el sollozo amargo, estás casi viejo y aunque quisieras avergonzarte no hay vergüenza, vergüenza te da no haber podido más, otra cosa más que aguardar el expectante paso de las horas, revisar el horizonte, ordenar la palabra y el ánimo, esperar el golpe con la esperanza flaca de alcanzar a esquivarlo, pero cómo se esquiva un golpe de ese calado, y responder con un movimiento equiparable, y pones a un lado una vez más la divagancia y esquivas el jab que te lanza la tristeza, la mano que sobre ti quiere poner la desesperación y te encoges de hombros y dices ya ni modo, a lo que sigue, que es que paguen aunque la justicia vaya más lenta que caracol con artritis, algo has de hacer, hay que sacudirse el polvo del miedo que a veces termina por cubrirlo a uno como a mueble viejo en casa abandonada, y sientes el cansancio o el bajón en el párpado y en el espaldaraje, y piensas ojalá pronto venga la noche, ojalá vuelva a mirar el cielo estrellado de esta sierra, alguna vez te dió por sentir así el cansancio?
 
2023/01/17

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