Había una historia en torno a ese kiosco, que algunas veces, sobre todo por las tardes, nos mantenía alejados de él.
Éramos pequeños, recién llegados a la primaria, o a punto de abandonar los juegos del preescolar para internarnos en la jungla terrorífica y salvaje de la educación primaria rural.
Algún mocoso mayor lo habría escuchado de sus familiares, o un primo bromista se habría inventado la historia para asustarlo, y aquel, para sobrellevar o ahuyentar o compartir el miedo, nos lo había contado una tarde después del catecismo, que nosotros llamábamos ir a palomitas porque el blanco era obligatorio algunos días, y al que acudíamos no tanto por la curiosidad de la fe, sino porque algunos días las catequistas nos obsequian con dulces, pero sobre todo porque salvo los días en que el blanco era obligado, que eran dos a lo sumo, y algunos teníamos que cuidarnos de ensuciar esa ropa, salvo severas reprimendas o cintarizas hincados frente al altar familiar, el resto de los días ni siquiera nos acercábamos al área de estudio de la casa cural, y hacíamos de los patios y el atrio de la iglesia nuestro campo de juegos que una vez terminado el horario de catequesis, corridos de territorio sacro, se trasladaba al parquecito y poco a poco se extendía por las primeras cuadras del centro, hasta alcanzar la periferia, o la noche, lo que cayera primero.
Así que seguramente esa tarde fuera de ropas blancas y de llevar cada uno su propia jícara de sirián -pintadas con laca roja, con grecas blancas y dibujos de la fauna o la flora local, dibujos sencillos, hechos por algún artesano del pueblo o de alguna localidad vecina-, en el que las catequistas pondrían nuestra dotación de dulces o galletas de animalitos de las que dábamos cuenta con avidez sentados en la explanada del kiosco ya sin barandas, mientras contábamos chistes o cosas que nos parecias graciosas, o planeábamos la siguiente travesura o las reglas del siguiente juego o, como esa tarde, las cosas e historias que oíamos contar a los mayores.
Fue así que supimos se contaba que durante alguna revuelta, allí mismo, en el sitio donde nos sentábamos a juguetear, la base para cuando jugábamos a las escondidas, habían colgado o ejecutado a varios hombres, cuyas almas habían quedado ligadas para siempre al sitio de us ejecución.
Que cuando empezaba a oscurecer, se les podía ver rondando la explanada del kiosco. Alguna vez soñé que me encontraba con uno de esos ejecutados y nos veíamos fijamente, yo muerto de terror, él, perdido en divagaciones propias de quien enfrenta la eternidad anclado en un sitio que ya no le pertenece, pero sabiendo que tenía la capacidad de llevarme a su lado de un tirón y que nada ni nadie se lo impediría, y yo sabía o intuía o imaginaba que el muerto pensaba en eso y el terror crecía desmesurado en mi cabeza de mocoso de tercer grado de primaria rural. Ninguno de los dos profería palabra o sonido alguno, casi podría decir que incluso me abstenía de respirar, y luego algo interrumpía ese momento de terror casi sagrado, y yo volvía a casa de mis abuelos, angustiado y feliz de haber sobrevivido, a comer una tortilla con sal recién salida del comal, solo para reunir las fuerzas necesarias para volver al campo de juegos.
Alguna vez también imaginé que había visto a un muerto en las escalinatas del kiosko, su sangre bañando cada escalón, bajo un sol radiante de abril, y oia una voz que me siguió durante años decirme que vería esa sangre cada vez que me quedara a solas frente al kiosco, pero aún así comencé a echarlo de menos desde aquella tarde de mi temprana adolescencia en que lo demolieron para siempre, dejando el parquecito del pueblo vacío, chimuelo de construcción, extrañamente extraño.
2022/09/15
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