3 may 2023

 

Comenzaron a verlo poco después de la sorpresiva y violenta lluvia de ese abril. Los cerros, despojados de su enmarañada selva, hechas milpa o potrero sus laderas, se llenaron poco a poco de deslaves. La herida serpenteante de la carretera fue cubierta en algunos puntos por la tierra y las rocas caídas, vencidas por su peso y la caricia con que el agua, frenética, escarbó su base y sus costados, arrancadas de sopetón a hora incierta de la noche. El río, vuelto a su caudal de otros siglos, roto su cauce, entró a los maizales a mirar la siembra, como dueño que llega de pronto a supervisar el trabajo hecho, y luego vuelve a casa, dejando tras de sí la siembra tendida, como puesta a dormir por un padre amoroso.
Los hombres, expulsados de pronto del sueño, corrieron a buscar refugio, incapaces de detener el alud que sobre algunas de sus casas dejó caer su peso de agua y fango; ellos, tan capaces de herir la tierra, de reducir a astillas cualquier roca, con cinceles, barretas de acero o explosivos, ellos tan capaces de cambiar el rostro de la montaña en un par de jornadas, miraron estupefactos cómo el deslave abrazaba casas completas y se les iba metiendo entre las rendijas, hasta colmar cada rincón bajo los techos de lámina, orillándolos a pasar el resto de la noche en busca de un refugio, de un sitio acogedor, tibio y seco donde guarecer su carne desvelada.
Poco después algunos hombres contaron su encuentro con él en las cercanías de arroyos y cafetales, cuando, poco antes de despuntar el alba, se dirigían a sus parcelas a bañar el ganado cundido de garrapatas, a trasplantar cacao o simplemente a buscar la leña olvidada por algún vecino en el monte, o a mordiscar la fruta o la mujer ajena. Todos coincidieron en la avanzada edad del hombre, y en su pulcritud en la ropa, el ademán y la palabra, un hombre que si bien se parecía a ellos en la pobreza y en los rasgos, algo tenía en el modo que dejaba entrever una sabiduría lejana e insondable como la creciente que se oye a lo lejos y solo se alcanza a entrever, metido en el fondo la cañada, buscando peces extraviados, por el fulgor incierto del relámpago.
En agosto, les dijo a todos. A cada uno. En agosto se acabará esta tierra. Y luego de desear un buen día, se marchaba nadie sabía con qué rumbo, nadie sabía si a disolverse en la calígine del verano hostil de aquel año.

2022/05/06

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