Es grave.
Me hice adicto y no supe cuándo, pero, ¿saben, el junkie tembloroso por el síndrome de ansiedad, el alcohólico castigado por la cruel resaca y la confusión dejada por una feroz laguna mental, el momento exacto en que cruzaron la línea de quien primero por curiosidad y luego como una necesidad irrefrenable, de la adicción, de la necesidad de sumirse en el marasmo del espejismo que una botella, una jeringa o un poco de polvo les provee, a fin de evadir primero el peso del día y luego el mundo? ¿Tienen siquiera la más mínima idea de que en algún momento cruzaron una línea de difícil cuando no muy poco probable retorno?
Pero divago: ya me es difícil tenerle cerca y refrenar mis ganas. Una y otra vez fracaso en mi empeño por evitar su consumo.
Me basta llegar a esta pequeña ciudad tabasqueña, encontrar un punto de venta, fijo o ambulante, y pedir sin dilación un vaso de pozol con su infaltable dulce de coco.
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