3 may 2023

 

El gato atravesó la pequeña sala donde un grupo de personas rezaban un rosario, siguió de largo hasta el patio, se detuvo frente al grupo de hombres que atizaban el fuego, les dedicó una mirada desdeñosa y desapareció al fondo de la calle.
Un par de horas más tarde, volvió. Apenas quedaban unos cuantos trasnochados en aquella casucha. Un par de ellos vigilaban el fuego, otros acarreaban agua, rajaban leña o compartían cigarros y aguardiente.
Lo primero que pensaron fue que el viejo quería ahuyentar al minino por alguna superstición. Lo vieron perseguirlo infructuosamente durante unos instantes, con indiferencia, y luego volvieron a lo suyo.
Poco antes del amanecer, el viejo dormitaba frente a la enorme olla de café. El gato volvió buscando comida. Se acercó al canasto de pan del que extrajo una pieza. Con el botín en el hocico, se dispuso a comer en el centro del patio, despreocupado o urgido por el hambre.
Atareado como estaba, no se percató del anciano que sigiloso se puso en pie para en seguida, con una agilidad impropia de su edad, casi sobrehumana, abalanzarse sobre el felino.
El crujido del cuello al quebrarse despejó del sueño y la borrachera al puñado de hombres que aún quedaban en la casa. Amodorrados aún creyeron ver al anciano acuclillado, jugando con el gato pero no oyeron ronroneo ni maullido alguno.
Se lo está comiendo, dijo alguien.
Qué va a ser, contestó otra voz.
El viejo se puso en pie nuevamente, se limpió la boca con la manga de su camisa, se caló el sombrero de paja y buscó la calle sin despedirse de nadie.

2022/01/26

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