Debo decirte, padre
que la noche se enceniza cuando te nombro
que este ruido sobre el tejado
tal vez sea el viento o el terror malsano
de mis primeros años
cuando te soñaba festivo en el vientre metálico
de todas las avionetas que cruzaban el cielo
de mi infancia de cielos abiertos
sobre el patio de los abuelos
debo insistir, padre
que la noche llega revoleando su vestido
cuando los perros de la tristeza comienzan a roer
el último hueso de mi corazón
y entonces salgo a buscar
una avenida donde el deseo termine
por fin en la lengua de un mar apacible
o el abrazo violento de la muerte
duro como roca endurecida
por el aire y por el sol
anónimo y frugal, sin aspavientos
ni rituales que convoquen al dolor y al olvido
pero envejezco, y las playas que miramos juntos
se han quedado lejos, como quedan las cosas
que uno quisiera alcanzar cuando es pequeño
y estoy aquí, en una ciudad de nombre enrevesado
tratando de explicar que me cansé
de la sombra y de la luz que alguien
cernió sobre mi boca en un descuido
y desde entonces mi palabra es un agua turbia
que al nombrarte se tropieza
dónde, en el centro de qué sol ardes, padre
qué fauz alimentas con tu orgullo
y tu dolencia sigilosa
en el retorno de qué camino vecinal has estrellado
tu carruaje de pájaros, el rencor agudo
que como barricada o foso
para resistir el asedio del pasado
colocaste entre tu palabra incendio
y mis actos de piromanía adolescente
quiero decir, padre
que estoy cansado de escuchar que huí
un día de junio
dándole la espalda a todo
porque en mi fuero interno
jamás hubo espejo ni rostro
ni calendario cuyo agosto sosegara
la carne y la llaga que heredé
y este puño sin tierra, tenso de saberse inútil,
apenas carne que cubre el nervio, los ductos de la sangre
y la rudimentaria composición del hueso
es apenas la oscura suma del delirio, lo que tengo
2021/03/17
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