Era muy joven, no tenía televisión abierta o de paga, pero sí acceso a cine pirata en vhs primero, luego en vcd y finalmente en clones de dvd, pero hablo del período de transición vhs-vcd; en el pasaje Rayón había un puesto que lo mismo vendía artículos de ferretería que ropa, bisutería y películas del mentado, alburero y cachondo cine de ficheras, de pistoleros marioalmadescos, uno que otro rarísimo estreno y un catálogo amplio de p*rn* que se resguardaba en una caja de zapatos al lado de la caja de valores, que no era sino otra caja de cartón con divisiones para los billetes y un canastito de palma para las monedas.
No sabía nada de David Lynch, ni del cine de autor, solo de mi calentura secundariana, pero allí, en el clandestino menú de aquel puesto de mercancías diversas —creo que aún pervive, pese a los años y las catástrofes, como un signo de otras épocas, en el corazón de aquel municipio–, tuve mi primer acercamiento a aquel señor tan de culto y a su mitificadísima serie Twin Peaks, que conocería unos veinte años más tarde, en un vhs titulado Twin Freaks, que me llevé a casa con cierto temor arcano y no sin cierta emoción pagana.
2022/06/13
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