3 may 2023

30 de marzo, 2015

 

Ahí comienza un pasillo (de muchos otros que se irían abriendo con el paso de los meses y los años) de incertidumbre que desemboca en horror y rabia.
Es casi de noche cuando suena el celular. Un número que no tengo registrado pero sé bien de quién es. No quiero responder pero no sé lo que se avecina, mi razón es otra; lo dejo sonar. Después, de ese mismo número llega un mensaje que habla de él. No lo hallamos por ningún sitio, dice el sms.
Apenas un par de noches antes habíamos intercambiado mensajes, la aplicación mostraba su última conexión en la madrugada anterior. Le llamé y su teléfono sonó un par de veces pero no respondió nadie. Después, sólo quedó la grabación que invita a usar el buzón de voz que pienso nadie usa.
Luego los días de la incertidumbre y pensar en todas las posibilidades, el desconfiar de todos los que estaban cerca suyo.
Un viaje de vuelta al terruño para indagar por cuenta propia algún indicio, reunirme con viejos conocidos y amigos de la infancia. No encontrar sino calles cerradas por el silencio.
Salir a las calles a sabiendas de que la vieja patria era un polvorín.
Retornar a la serranía besada por el golfo, y una mañana, formado en el banco, recibir una llamada que me hace abandonar la fila, salir a prisa de la sucursal, cruzar la calle en busca de una sombra, y recibir en el oído el golpe de una pérdida. Otro amigo querido había sido ejecutado. Sin margen de duda, a la distancia, le guardé luto. Luego los nombres se fueron acumulando.
Un día, pasado mes y medio del penúltimo día de ese marzo, lo reconocieron por el ala de gárgola —murciélago dijeron algunos—, pero era un ala de gárgola aunque a veces me gustaría decir que era de cuervo.
Salió a regar las plantas de su patiecito. Una vecina, horas más tarde, llamó a la puerta para avisar que el agua se regaba. Iba descalzo. Estaba de vacaciones.
Cuarenta y cinco días de incertidumbre que culminaron en el morboso titular de un periódico local de nota roja y luego se hizo noticia nacional. Pero ya no serviría de nada.
Así como a Gilberto (Aurelio Maldía, Moro, Herdez, Asgozz, sus sobrenombres) muchos otros jóvenes fueron desaparecidos y ejecutados en esos días en que el municipio de Chilapa se convirtió en coto de caza para grupos criminales que actuaban a pleno día contra la población bajo la inacción complaciente de la extinta policía federal, la policía estatal, el ejército, la marina y las autoridades municipales.
Gil fue asesinado en un municipio azotado por la violencia del narcotráfico, un municipio lleno de fuerzas policíacas y militares que poco hicieron para contener la violencia, que optaron por cruzar los brazos y fingir que nada sucedía. Por eso también insisto en que así como pasó con Gil, el asesinato de Toni, del Chavito, de tantos otros conocidos, si bien la delincuencia fue el brazo ejecutor, el responsable por omisión e inacción fue el responsable.
 
2022/04/02
 
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