1 may 2023

 

Kiara, la perra de mis vecinos, me odia. Cuando bajo para salir, o al volver, apenas abro la puerta del zaguán, ladra con furia homicida. Hace días la hija de esa familia sugirió que tal vez podríamos hacer las paces, 'necesita reconocer su olor para que deje de ladrar', dijo.
Hoy me bebí una cerveza después de pasar el día sin alimentos, es decir que venía un poco ebrio y dopado por unos besos que recogí en un parque. Traía a duras penas otras cuatro latas en la mano, junto con las llaves. La perra comenzó a ladrar apenas me oyó entrar y salieron las dos mujeres, la sostuvieron por cosa de dos o tres minutos, mientras trataban de calmarla, pero todo fue en vano. La llamé por su nombre, traté de bromear respecto a su mal humor, pero cada cosa que hiciera parecía enfurecerla más. Por un momento creí que caería fulminada de un coraje y mis vecinos comenzarían a odiarme por provocar la muerte de su perra escandalosa, así que subí a mi departamento después de decir un hasta mañana más bien titubeante y abochornado.
Soy al único al que le ladra con ese frenesí y esa enjundia, el único. ¿Será que al verme intuye alguna turbiedad de mi persona, que anhela llegar al reino de la azotea cuyo paso de momento le está vedado por mi causa?

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