elegí, para sobrevivir en el silencio,
la cara rugosa de la piedra
callar cuando el grito en mí se ancla
para señalar, desde la lengua, el nombre
y la silueta que te enmarcan;
labrar la muda indiferencia del que arde
ascua en los meandros de la carne,
porque eché candado a la garganta
para no gritar lo que me falta
ni decir, cuando el desplome llega,
que estoy maltrecho y un animal
con hambre maúlla en mis entrañas
rompe las paredes que lo guardan
y sale a vagar, a rastras, moribundo
y orgulloso en su agonía
pero dentro de mí, en el sitio común de la sangre
todo bulle y se retuerce
y se hace añicos la sólida calma
y vuelven los huracanes a romper las ventanas
de la casa esa casa donde se ahogó mi infancia
2021/01/17
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