¿Alguna vez, mientras te duchabas, sentiste las ganas de volver a escribir una carta larga y enternecida para un destinatario cuyo nombre hace tiempo te es extraño, más aún, alguien a quien tu nombre es una referencia lejana al placer del descubrimiento y al dolor imperdonable de la distancia y de la pérdida, y mientras escribes esas líneas que nunca pondrás en papel, recuerdas esa tarde en la selva en que un hombre, casi un adolescente envejecido, borracho se colgó del puente, el único puente de concreto que había en ese tiempo entre la ranchería y la capital del estado, y cuyo suicidio se convirtió en todo un suceso que reunió, bajo el chipi-chipi a personas de diversas rancherías, casi como una feria, y recuerdas también que el padre de ella, la destinataria de tu carta imposible, ordenó preparar una olla enorme de café que llevaron en una carretilla hasta la plancha del puente para convidar a los curiosos mientras las lámparas de mano se encendían una a una porque oscurecía y el cuerpo del suicida se balanceaba, sus pies apenas unos centímetros por encima del agua y de las piedras y pensaste que de haber dejado un poco más larga la lía con que arreaba el ganado habría muerto de igual manera pero antes se habría quebrado las piernas y luego la crecida de la corriente habría hecho el resto, machacando su cuerpo en una agonía que no quisiste imaginar mientras las lámparas iluminaban a intermitencias el vaivén del cuerpo inerte, péndulo apenas vestido con un pantalón de tela oscura y botas de plástico negras, el torso desnudo, que nadie quiso descolgar hasta que llegó el ministerio público cuando ya nadie quería ofrecerse a bajar porque el agua seguía subiendo de nivel y algo hay de profunda comunión en el que ve a un muerto largamente que se resiste a tocarlo, quizá para no incordiar ese último sueño, pero lo bajaron, nunca falta algún arriesgado, y ayudaste a sacarlo del tramo final que era tan estrecho que apenas cabía el cuerpo de pie y mientras tirabas de él tu mente solo pensaba que esa noche se seguiría hablando del suicida y su familia, y tendrías que sosegar al deseo de ella, que hacía más de una semana crecía como la hierba en la selva, incontrolable, desbocado, y apenas sentías la llovizna que arreciaba mientras todos se dispersaban poco a poco, devorados por la oscuridad entre los restos de la selva, a ratos iluminados por los destellos de algún relámpago que despertaba el ladrido de los perros, y al salir del baño una corriente de aire frío te hace espabilar y casi olvidas que más temprano, al bajar a la calle por una cocacola, compraste también un par de mandarinas para acompañar los boleros que suenan hace un par de horas y el mezcal que hace tiempo guardas sin hallarle motivos para escanciarlo y ahora quieres beber así sea un poco, pero son ganas, a salud de ella, de su largo pelo ondulado, Lady Godiva con quien cabalgaste o quien te cabalgó incansable por las más intrincadas calles del deseo, nocturna viajera en las ciudades del sudor y del orgasmo, y sabes que no podrás volver a mirar las olas de la playa que hubieras preferido conocer con ella, y cierras las puertas de la casa, y escribes una nota que habla de cualquier cosa excepto de ella, que ya no puedes tocar porque te arde la piel y el hueso al nombrarla y apagas las luces y dejas crecer la noche dentro de la casa, y acaricias al recuerdo como se acaricia un cachorro furioso que se dispone a dar la dentellada sobre tu sosiego?
2020/10/21
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