1 may 2023

 

En la infancia, para salvarse de la varicela, en el agua tibia del baño a jicarazos, además de hojas de aguacate traídas de otras tierras, servía un chorro de mezcal.
Para el frío en los pies, para las paperas, para la fiebre de los resfriados y para las pesadillas, untar unas gotas de mezcal en pecho, espalda o frente, ayudaban a relajar al atormentado. Las ventosas que se aplicaban los viejos para calmar algún dolor, se preparaban con mezcal.
Antes de rociarles agua bendita, las casas recién construidas se santificaban con un chorro de mezcal en cada esquina y en su centro; para asegurar, se preparaba pozole por la mañana y mole de guajolote en la tarde que se colaba la losa. Allí se convidaba a la familia y a los amigos cercanos, todo se acompañaba con copas de mezcal servidas en copas de carrizo o jarritos de barro fabricados en comunidades cercanas. Para asegurar primero y luego para agradecer la cosecha, además de diversos platillos que sólo se preparaban en tales ocasiones, se regaba y se bebía mezcal. A la luz del fuego, durante el velatorio de algún muerto, o previo a una festividad, los mayores se reunían y algunas veces contaban cómo una botellas de mezcal servía para ahuyentar a los malos espíritus. Para salir a la calle, de noche, se aconsejaba a los jóvenes llevar siempre un poco de mezcal y cigarros sin filtro: en caso de encontrar a un espíritu oscuro, o a un fantasma, ofrecer una o ambas cosas era garantía de salvar el pellejo de la muerte o la locura. La iniciación en la bebida, era con mezcal. En las fiestas comunales, además de música de la que llamábamos de viento o de chile frito, había baile desenfrenado y, por supuesto, mezcal.
Los había de varias clases y sabores. Había los que raspaban la garganta y quemaban como a un pastizal el paladar. Los que al tercer trago provocaban arcadas por lo fuerte de su sabor. Los que guardaban el recuerdo del ahumado del corazón del maguey, y lo llevaban a uno a ciertos rincones de la infancia. Los que de tan ligeros se equiparaban a beber agua fresca de un manantial tras una larga caminata. Los que pasaban por el paladar sin pena ni gloria. Los que se maceraban con jitomate, cebolla y chile, y eran una peligrosa bomba de picor y embriaguez. Los que se maceraban con hierbas aromáticas durante meses. Los que pasaban años bajo tierra y eran privilegio de pacientes.
En el nacimiento, a la hora de olvidar la amarga dolencia del desamor, para convivir con los amigos, para presentar respetos, para santificar las fiestas, en las horas finales, esperando la llegada de noticias funestas, en el matrimonio y en la separación, en la soledad y en la multitud, el mezcal era centro y margen.
Mucho de él era ritual. Se bebía para abrir el apetito y para facilitar la digestión. Si se disponía a beber así fuera un poco, antes de servir a nadie, un chorro de mezcal debía ser vertido en tierra. El sincrético culto al jaguar, iba acompañado de cruces y mezcal. Salvar a un moribundo muchas veces dependió de tener uno o dos litros de mezcal de excepcional calidad.
Era cotidiano y sorprendente animal silvestre. Aún domesticado, había que cuidarse de su zarpa inesperada. Beberlo, era tener un cachorro de jaguar que no ha olvidado su instinto y en cualquier instante podría saltar a la yugular del miedo, la ira o la desesperación, y desangrarnos. Antes que marcas registradas, hubo nombres de productores, de localidades y regiones. También había estafadores viles. Al conocerlos supimos que el truco de las burbujas no era infalible, y adoptamos otras técnicas aconsejados por hombres más expertos en la bebida y más curtidos en las decepciones mezcalísticas. Pero al que mentía respecto al mezcal, o empleaba técnicas sucias para fabricarlo, se le marginaba. Nadie, salvo los fuereños, volvían a comprar una sola copa al que se sabía era capaz de poner detergente a esa bebida que habitaba con cómoda indulgencia nuestra cotidianidad.
Era preciso dedicarle tiempo y esfuerzo. No sólo para la embriaguez, porque como ya he puesto antes, era parte de muchos y diversos aspectos de la vida. Encontrar un mezcal de buen sabor y que fuera agradable al paladar, que al despertar de la borrachera no dejara resaca, sino que perpetuara la sensación de embriaguez, no era tarea fácil. Había que salir a buscar el buen mezcal con la determinación de quien sale a la caza de un venado sin otra arma que un rifle viejo de un tiro. Tocar puertas, insistir, platicar, ofertar. Porque quien produce buen mezcal jamás lo ofrecerá en venta. Para él, es cosa sagrada, y lo sagrado no es material de estantería. Lo produce para la festividad, la boda del hijo, el nacimiento de uno nuevo, o de un nieto, para la fiesta cuando el primogénito termine el bachillerato, o vuelva de Estados Unidos. Porque ha pasado doce años al menos cuidando el magueyal, porque beber una copa de ese mezcal que tan cuidadosamente prepara es beber un poco de su propia vida. No hay cien ni mil pesos que lo valgan. Pero accede a ofrecer un poco de lo que tiene, sirve generoso en vasos de cristal que antes fueron veladoras de las que alguna vez se fabricaron en la casa de los abuelos. Platica, bromea un poco. Si el interlocutor lo convence, puede que incluso le invite a compartir la mesa. Después le obsequiará uno o dos litros de ese animal líquido tan preciado y aceptará la ofrenda en pesos, porque después de todo también le harán falta. Pero se engaña a sí mismo el que asuma ahí hubo una venta. Apenas acaso un injusto intercambio que no habría sido posible sin el preámbulo de la charla amable. Ritual, como siempre, el mezcal cambia de manos, pero no se vende.
Por todas esas y otras razones es que yo soy un mezcalero viejo.
 
2020/09/22

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