1 may 2023

Cosas que hacen salivar el hocico de mi memoria.

 


Atole blanco con panela una mañana recién lavada por la lluvia en la plazoleta de mi pueblo, oyendo la caída del agua en la pileta, el olor de tejocotes en conserva que me recuerdan los años en que apresurado corría a la primaria desde la casa de los abuelos en la esquina de calle Central y Guerrero, que costaban cinco por cien pesos en una bolsita de plástico. Atole de granillo un sábado con o sin resaca, acompañado de pachayota en conserva. Atole blanco con su respectivo panile, tortillas de maíz dobladas a la mitad embadurnadas en su interior con una salsa de chiles verdes y semilla de calabaza molida, al amanecer de un velorio después de picar la leña que se traía del cerro en grupos de diez o más trasnochados solidarios, o en algunas fiestas patronales, antes de ir por el toro con música de viento y cohetes. Agua de horchata o jamaica en el mediodía de mayo y junio, saliendo del taller de velas de José Ángel. Una yoli bien fría un domingo después de descargar toda la leña que se empleaba en los hornos del taller de velas. Atole de piña, tamarindo o ciruela con tamalitos de picadillo en los convivios vespertinos. Chilate bien frío en las tardes largas de Chilapa, o sentado a la sombra de los árboles de trueno del parque central. Empanadas de camote morado o amarillo acompañadas de chocolate criollo o café de Atoyac. Nieve de leche o mamey acompañada de borrachitos, unas galletas pequeñas y deliciosas, un domingo de tianguis en la cabecera municipal. Pan de Chilapa o de la panadería del tío Fidel, en el pueblito, chopeado en leche. El olor a pan de la casa de Paula, rincón prohibido pero anhelado del mundo. Salsa de guaje y jumiles a la mesa de doña Ana, al lado de José Ángel, con pápalo, pipiza, y otras hierbas. Tortas de arroz para la cuaresma, mole verde de pescado seco, para la misma fecha. Frijol y mole que la abuela llamaba de viaje y cocinaba con abundante manteca para alimentarnos veinte días en la feria del santo entierro en Xalpatlahuac, multitudinario santuario de tercer viernes cuaresmeño pero abandonado y polvoriento desierto el resto del año. Ceviche de la costa chica, quesadillas doradas de cazón, pescados a la talla en una palapa de Marquelia. Barbacoa de chivo en el mercado central de Chilapa o Chilpancingo, con su respectivo consomé y salsa verde. Los tacos de Toño el chino por las noches, los siempre codiciados de cabeza. Los sopes con carne de cerdo de avenida Revolución o Constitución, que no era una avenida sino apenas una calle medianamente ancha que estuvo atestada de vendedores ambulantes y semifijos varios años. Mole de fiesta, preferentemente de pavo, con tamales de frijol o garbanzo envueltos en hojas de maíz. Pozole blanco los domingos o en las fiestas, con orégano, chile en polvo, lima ácida y tostadas; la carne, desde luego, de cerdo. Pozole verde los jueves a la tarde, acompañado de un buen mezcal de Apango, Tepehuixco o Ahuacotzingo. Nísperos robados a la vieja Cira, que nos perseguía con piedras y con sus perros. Toronjas a la orilla del río Atentli, al volver de las grutas de Oxtotitlan, para calmar la sed, o los domingos en el tianguis, pero definitivamente, las del río. Mangos verdes con sal después del chapuzón en el río los días de pinta en la primaria. Itacates, memelas rellenas de frijol con chile en Tlatluquitepec, acompañados de semillas de calabaza asadas al comal. Etehpayan, la maravilla del frijol molido con epazote, y puesto a hervir, que cambiaba de negro a morado al agregarle limón. Dobladas de tortilla de garbanzo con manteca y salsa de guajillo mientras José Ángel presumía que alimentaba a sus gatos refiriéndose a sus nietos. Queso añejo de Zumpango, o de cincho de Huitzuco; queso fresco de la costa chica. Pan de muertos, que llamábamos de muñeco por su forma, espolvoreados con azúcar tinturada de rojo o morado; pan de camarón (por la forma que recordaba vagamente), para las mismas fechas; pan relleno de queso o piloncillo. Helados de fruta en Axoxuca, después de un baño en las cascaditas que se formaban a la orilla de la carretera. Plátanos pasados, que es decir, puestos en conserva en piloncillo y aplastados, que tenían un aspecto poco agradable pero eran un festín de pegajoso dulce. Caldo de iguana en las carreteras de la costa chica, rumbo a Ometepec. Caldo de cuatete. Codornices a las brasas. Aguas frescas del centro de Chilpancingo a la salida del ISSSTE o del museo del estado. Torrejas con atole en las noches del mercado Baltazar R Leyva Mancilla en la capital guerrerense. Salsa de guaje para acompañar los frijoles infaltables. El guashmole con carne de cerdo. Pozole de elote con espinazo. La simple maravilla del pozole de frijol o camagua, acompañado con limón, orégano, cebolla y chiles de árbol fritos. Chalupas -tortilla dorada de maíz- con pollo, rodajas de cebolla y chipotles dulces. Bolillos rellenos. Tacos dorados en consomé de pollo. Frijoles puercos con queso. Salsa de ajos. Guamúchiles. Guanábanas, pitahayas, miel de caña. Tortas de atún en Tixtla. Tortas de la plazoleta en Tlapa de Polvonfort. Atole dulce de maíz en grano. Una tortilla recién salida del comal, con una pizca de sal, de manos de Ana Alonso. Elotes y calabacitas hervidas, hurtados del panteón cada primero de noviembre.
 
2020/09/09

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